Tengo una mente acosadora. Vive con la idea de que debo
hacer con mi existencia lo que a ella le gusta llamar "algo extraordinario".
Pasar por este mundo así como así no es una opción. Yo tampoco me quedo atrás. Como
si tuviese la certeza de que es posible, sueño con cerrar los ojos en el
momento de mi última exhalación y auto-congratularme con un "¡qué bien la
hice!". También con escuchar "Don't stop me now" de Queen
mientras veo escenas de mi vida, y que acto seguido se me revele el misterio de
porqué estamos aquí, hacia dónde vamos y ese tipo de preguntas milenarias.
Espero mucho de la muerte, sí. Mi mente y yo somos exigentes.
Responsabilizo y denuncio públicamente por esta tortura al
Superyó que vive en mí. Es un señor pulcro, serio y con el ceño fruncido que no
me permite disfrutar del placer de hacer cosas improductivas, como si las
obligaciones que uno debe cumplir para subsistir no fueran suficientes. Este
tipo es capaz de encerrarme durante horas a ver si la Divinidad me regala
alguna genialidad que, por supuesto y por lo general, no llega. El detalle de
porqué mi Superyó es un hombre es para otro momento, o para algún diván.
El problema es que a mí me tienta mucho dedicarme a
menesteres que son, a primera vista, inútiles. Qué más quisiera yo que dormir
una siesta, leer por horas o dedicarme a mirar por la ventana sin sentir esa
culpa que me revuelve el estómago y me repite: "¿Y así, qué querés?".
Nada me da más envidia que la gente sin remordimientos, que
no le pide más a la vida que un plato de comida y alguien que le caliente los
pies en invierno. Casi todos los días fantaseo con no tener ningún tipo de
aspiración más que la de satisfacer mis necesidades básicas y hacer lo que a mi
Ello se le ocurra. Digamos que podría trabajar en algo que no implique
demasiado esfuerzo intelectual, ni conlleve ningún tipo de cuestionamientos.
Algo como completar formularios y fichas. Después volvería a casa, cenaría, dormiría,
y en todo caso me reproduciría para llenar algún vacío existencial que me deje
la rutina oficinista, con la loca idea de que traer seres con mi genética a
este planeta en franco declive es una buena manera de trascender.
Que se entienda: no tengo nada en contra de la gente que ha
elegido transcurrir. De hecho, creo que es probable que hayan comprendido la
vida mejor que yo. Porque al fin y al cabo: ¿de qué me sirve una mente
torturadora que en vez de una felicitación con el último suspiro me largue una
puteada por no haber podido disfrutar de los tan promocionados "pequeños
placeres", o un gemido de agotamiento e insatisfacción?
El caso es que siento que llego tarde a un lugar que todavía
no identifiqué. Solamente sé que no hay tiempo que perder, y mucho por mejorar.
La solución debe estar en el equilibrio, sí, no hace falta
ser psicólogo para darse cuenta. Pero por lo pronto… ¡Permuto Superyó por una
siesta, señores!

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