Columnista invitada: Maranga
Las campanas del cementerio de Montparnasse habían empezado a sonar anunciando el cierre de sus puertas, en una tarde que caía gris y fría en París. Yo sí andaba buscándote, Julio, pero no había podido encontrarte aún.
La loca idea de quedarme encerrada entre las poéticas pero tétricas tumbas apuró mis ojos en busca de la tuya. Caminé con paso acelerado por los pasillos, rozando las estatuas con mi largo tapado de paño negro y maldiciendo a mi ineficiente sentido de la orientación que, para ser justos, en varios casos me abrió el camino a experiencias irrepetibles.
La loca idea de quedarme encerrada entre las poéticas pero tétricas tumbas apuró mis ojos en busca de la tuya. Caminé con paso acelerado por los pasillos, rozando las estatuas con mi largo tapado de paño negro y maldiciendo a mi ineficiente sentido de la orientación que, para ser justos, en varios casos me abrió el camino a experiencias irrepetibles.
Podríamos decir que ésta no fue la excepción. Un joven con un libro en la mano caminaba a unos metros. Ante la desesperación que se acrecentaba con los campanazos cada vez más insistentes, le pregunté por tu paradero. Él era de Chile, y estaba buscando lo mismo.
Al cabo de unos minutos te encontramos, al fin. Yo había llevado unas rayuelas dibujadas, con algunas frases y los nombres de varios amigos que hubiesen querido estar allí, a modo de embajadora. Te las dejé debajo de unas piedritas, y él te ofreció un atado de Gauloises. Te dejamos la cajita, Julio, y nos fumamos uno por vos. Recuerdo haber mirado profundamente tu nombre tallado en el mármol, pensando “gracias” tan fuerte como pude, con la esperanza de que de alguna manera lo supieras. También lo escribí con una birome, en un acto de vandalismo del cual no me sentí orgullosa más tarde. Esos rituales que hacemos los que quedamos de este lado, ante la impotencia a la que nos condena la muerte, viste.
Después de las fotos de rigor, y con la nochecita por delante, nos alejamos rumbo a un café, hablando de vos, de tus libros, de París, de Buenos Aires y de Santiago. Él se tomó una cerveza por primera vez en años. Había dejado el alcohol por cuestiones religiosas, pero la ocasión le pareció suficiente para romper la regla.
Ya estaba oscuro cuando nos despedimos. No volvimos a vernos.

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