Damos por inaugurado un nuevo espacio dentro del blog: la CINOteca. Textos de diversos autores, producidos a lo largo del CINO (Ciclo Introductorio de Nivelación y Orientación) correspondiente a la Lic. en Artes de la Escritura de la UNA.
Emilse salió hace más de veinte
minutos, ya tendría que estar llegando. La pesadez en sus hombros lo obliga a
ceder la rectitud de su espalda. Su respiración es suave, aunque por momentos
siente que no entra ni sale todo el aire que debería. Piensa en Gabriela, ¿hace
cuánto que no los visita? Extraña a las nenas. Hace varios días que no sale a
la calle. Piensa que en estos días debería pedir turno con el cardiólogo. Sus
ideas se agolpan, unas contra otras, desordenadas, urgentes. Gabriela, médico.
Sus manos, apoyadas sobre las rodillas, se empiezan a mover de manera casi
imperceptible, aunque él no quiera. No es frío, el comedor está bien
calefaccionado. Nota que sus piernas empiezan a temblar, imitando la misma
expresividad involuntaria de sus manos, de modo suave aunque constante. Las
pantuflas disimulan el impacto de las plantas de sus pies contra el suelo de
cerámicos rojos.
De
repente, sin ningún aviso previo, siente un calor agudo en su pecho. Como si se
hubiese encendido una estufa dentro suyo. Escucha el portón, debe ser Emilse.
Un sopor colorado y furioso se aloja en sus mejillas para luego seguir viaje
hacia ambos laterales de su cabeza. Ahí es cuando siente el pinchazo, aunque
nada le duele. Nietas, calle, portón. Las palabras se empiezan a superponer,
unas sobre otras. Se transforman en imágenes, recuerdos imponentes. No llega a
diferenciarlas con claridad.
Al
mismo tiempo, empieza a sentir cosquillas en el borde de los dedos de su mano
izquierda. Se mire y puede sentir cómo avanzan, lentas aunque firmes, desde la
extremidad de sus dedos hacia el centro de la palma. Son mosquitas que
pellizcan cada centímetro de su mano. Hija, calle, portón, cosquillas. Escucha
la llave que gira y la puerta de entrada que se abre. Debe ser Emilse. Siguen a
paso firme por su muñeca, subiendo por el antebrazo, delgado y flácido. De
repente, se detienen a la altura del codo. Médico, calor, llaves, mosquitas,
dedos. Pero solo por unos instantes, como si hubiesen frenado para descansar.
Ahora, con mayor velocidad, trepan en dirección a su hombro, donde parece que
se multiplican por mil. Nietas, visita,
calle, Gabriela, codo, médico. El ejército de mosquitas se organiza de manera
tal que arriban casi sin inconvenientes a lo que parecía ser su objetivo inicial:
el costado izquierdo de mi boca. No quiere moverme, pero las palpitaciones cada
vez más definidas lo obligan a pedir ayuda. Calor, llaves, mosquitas, médico,
puerta. Quiere avisarle a Emilse, pero lo único que escucha son sus propios balbuceos,
inútiles de sentido. MédicollamarhijacallesalirnietasvisitaEmilse…
Pablo M. Ruocco

No hay comentarios:
Publicar un comentario