miércoles, 29 de junio de 2016

Espera | CINOteca

Damos por inaugurado un nuevo espacio dentro del blog: la CINOteca. Textos de diversos autores, producidos a lo largo del CINO (Ciclo Introductorio de Nivelación y Orientación) correspondiente a la Lic. en Artes de la Escritura de la UNA.



             Emilse salió hace más de veinte minutos, ya tendría que estar llegando. La pesadez en sus hombros lo obliga a ceder la rectitud de su espalda. Su respiración es suave, aunque por momentos siente que no entra ni sale todo el aire que debería. Piensa en Gabriela, ¿hace cuánto que no los visita? Extraña a las nenas. Hace varios días que no sale a la calle. Piensa que en estos días debería pedir turno con el cardiólogo. Sus ideas se agolpan, unas contra otras, desordenadas, urgentes. Gabriela, médico. Sus manos, apoyadas sobre las rodillas, se empiezan a mover de manera casi imperceptible, aunque él no quiera. No es frío, el comedor está bien calefaccionado. Nota que sus piernas empiezan a temblar, imitando la misma expresividad involuntaria de sus manos, de modo suave aunque constante. Las pantuflas disimulan el impacto de las plantas de sus pies contra el suelo de cerámicos rojos.
                De repente, sin ningún aviso previo, siente un calor agudo en su pecho. Como si se hubiese encendido una estufa dentro suyo. Escucha el portón, debe ser Emilse. Un sopor colorado y furioso se aloja en sus mejillas para luego seguir viaje hacia ambos laterales de su cabeza. Ahí es cuando siente el pinchazo, aunque nada le duele. Nietas, calle, portón. Las palabras se empiezan a superponer, unas sobre otras. Se transforman en imágenes, recuerdos imponentes. No llega a diferenciarlas con claridad.
              Al mismo tiempo, empieza a sentir cosquillas en el borde de los dedos de su mano izquierda. Se mire y puede sentir cómo avanzan, lentas aunque firmes, desde la extremidad de sus dedos hacia el centro de la palma. Son mosquitas que pellizcan cada centímetro de su mano. Hija, calle, portón, cosquillas. Escucha la llave que gira y la puerta de entrada que se abre. Debe ser Emilse. Siguen a paso firme por su muñeca, subiendo por el antebrazo, delgado y flácido. De repente, se detienen a la altura del codo. Médico, calor, llaves, mosquitas, dedos. Pero solo por unos instantes, como si hubiesen frenado para descansar. Ahora, con mayor velocidad, trepan en dirección a su hombro, donde parece que se  multiplican por mil. Nietas, visita, calle, Gabriela, codo, médico. El ejército de mosquitas se organiza de manera tal que arriban casi sin inconvenientes a lo que parecía ser su objetivo inicial: el costado izquierdo de mi boca. No quiere moverme, pero las palpitaciones cada vez más definidas lo obligan a pedir ayuda. Calor, llaves, mosquitas, médico, puerta. Quiere avisarle a Emilse, pero lo único que escucha son sus propios balbuceos, inútiles de sentido. MédicollamarhijacallesalirnietasvisitaEmilse…    

Pablo M. Ruocco

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