Pablo Ruocco
A lo largo de
los siguientes párrafos, intentaré reflexionar sobre una relación un tanto
ambigua – al menos para quien escribe – entre el Psicodrama y “lo mágico”. Mi
objetivo no será construir certezas ni cerrar sentidos sino, muy por el
contrario, generar algunos interrogantes que inviten a las más diversas
resonancias al respecto.
El año pasado,
coordinando uno de los encuentros correspondientes a la Formación en Psicodrama
de la institución a la cual soy parte - Psicodrama Grupal Pavlovsky - una estudiante hizo referencia, luego
de dramatizar una escena propia, a que “el
Psicodrama es mágico”. En seguida recordé haber escuchado en diversas
situaciones - otros encuentros, Jornadas y Congresos - menciones similares en
referencia a “lo mágico” del
Psicodrama. Siempre me resultó al menos enigmática esa adjetivación. De
inmediato, me surgió la siguiente pregunta: ¿El Psicodrama es mágico?
Según el
diccionario de la Real Wikipedia Española – verdadero cúmulo grupal de
significantes – el concepto o la idea de “lo mágico” se puede desambiguar en magia o ilusionismo. Por un lado, la palabra magia proviene del latín magīa,
derivado a su vez del griego mageia, que
significa ‘cualidad de sobrenatural’, probablemente del antiguo persa maguš,
que contiene la raíz magh-, ‘ser capaz’, ‘tener poder’, haciendo referencia a
la antigua casta sacerdotal persa y a su vez del sánscrito maga, ‘ilusión’, de
la raíz may, ‘obrar’, ‘mover’. Refiere al arte
o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o
palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a
las leyes naturales. Por el otro lado, el ilusionismo es un arte escénico, subjetivo, narrativo y espectáculo
de habilidad e ingenio, que consiste en producir
artificialmente efectos en apariencia maravillosos e inexplicables mientras se
desconoce la causa que los produce.
Habiendo buceado
en las etimologías y diferenciaciones de estos conceptos, vuelvo sobre el
Psicodrama. Entiendo que cuando se hace referencia a “lo mágico” en Psicodrama,
se lo hace en tanto una manera de darle sentido, explicación o forma a
sensaciones, despliegues, afectos y/o efectos que puedan surgir en una
dramatización y, a los ojos de la lógica, resulten inexplicables. Entonces, “es mágico”. Como no se puede asociar,
comprender o encajar en patrones lógico-racionales conocidos, es mágico.
Desde mi
singular modo de entender y ser afectado por el Psicodrama, nada más lejano que
asociarlo a la magia. Mientras escribo, pienso que quizás sería más conveniente
asociarlo al ilusionismo. En tanto que una parte de su definición se
refiere a elementos pasibles de ser asociados con el Psicodrama: arte escénico,
subjetivo, narrativo... Si continuamos con la definición anteriormente citada,
nos encontramos ante cierta contrariedad: espectáculo
de habilidad e ingenio, que consiste en producir artificialmente efectos en
apariencia maravillosos e inexplicables mientras se desconoce la causa que los
produce. Si bien podría resultar homologable hasta cierto punto la
necesidad de “habilidad e ingenio” tanto para el rol de ilusionista como para
el director en Psicodrama, resulta menos análoga la referencia a la
“artificialidad” de los efectos. Es bien sabido que si bien en Psicodrama
trabajamos en el “como sí”, dicho encuadre no impide que las resonancias,
sensaciones y catarsis –por nombrar sólo algunos de los efectos – tengan algo
de artificio. Más bien todo lo contrario. Por último, y en relación a las
causas, creo que aquí es donde radica la raíz de la pregunta con la que titulé
este escrito. Tanto el mago como el ilusionista producen sus efectos, a
expensas de que su público desconozca el proceder de sus medios para lograr su
objetivo. Es cierto que el rol ilusionista se asocia más a la utilización de una
serie de técnicas y recursos para su desempeño. Similar es el caso de quien
trabaja con Psicodrama. De todas maneras, no es nuestro objetivo – o más bien,
no debería serlo – el de esconder nuestras causas ni mucho menos quedar
cristalizados en roles habilidosos ni ingeniosos. No, nada de eso.
Desde el Psicodrama de la Multiplicidad,
desarrollado por uno de los pioneros del Psicodrama en Latinoamérica, Eduardo
“Tato” Pavlovsky, consideramos al director de escenas como alguien que debe
pasar lo más inadvertido posible. No ser más protagonista que el protagonista.
No recibir aplausos ni alabanzas por su creatividad e inteligencia. El Director
debe correrse de la luz, evitar ser el foco de atención, para delegar esa
posibilidad a la producción grupal. Des-rostrizarse. Dirigir sin ser directivo.
Acompañar al protagonista en su despliegue sin direccionar el desarrollo de su
escena. Habilitar y posibilitar las resonancias y producción grupal, en tanto
potencia.
Ni magos ni
ilusionistas. El Psicodrama no es magia, tampoco una ilusión. Es una disciplina
que viene desarrollándose con mucha vehemencia, que está fundamentada en
teorías, conceptos y desarrollos técnicos y que no pretende aplausos ni
reconocimientos fascinantes. Tan sólo poder ser un vehículo posible, con la
ética de cada encuadre en particular como marco, hacia un bienestar de cada
sujeto, con y en relación a otros.

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