Tamara Aguilera
Lo veo desde la ventana. En Constitución sube un nene de unos diez años. Tiene la cara sucia, un derrame en uno de los ojos. Sube comiendo una de esas tortillas de masa que venden en la calle. Sólo un pedazo le queda, la come con ganas, se le caen unas migas en el buzo rojo. Lleva puesto un buzo color rojo furioso. No paga el boleto. El chofer se enfurece, lo trata de "capo" aunque lo que menos quiera decirle sea eso. Le pide que se baje en un tono imperativo. Está furioso, furioso como el color del buzo del niño. Le dice que se baja sólo o se baja con la policía. El nene le dice que con la policía. El colectivo arranca. Una chica lo mira. Está en infracción y eso quiere que se note. El pibe se le acerca, le pide permiso, se le sienta al lado. La chica se incomoda. Mira para el otro lado. No le quiere mirar el derrame. Ante la primer parada se baja, el nene también. La sigue. Se pierde la chica por la 9 de Julio y el nene detrás, a pocos metros. Varios seguimos la secuencia a pesar del colectivo que arranca, dejando atrás la breve historia. Los atentos en un punto fantaseamos con el posible hurto en plena urbe, ¿cuál otra intención sino? De inmediato cambio la idea, como un borrador que desdibuja figuras sobre una pizarra, pienso que quizá querría irse con ella. Pienso que quizá podría tocarle el hombro, podría pedirle que lo mire, que lo lleve, que no lo rete.
De vuelta, en el colectivo, desde el fondo se escuchan dos voces cómplices. Un nene a su madre le inicia un "veo veo". "¿Qué color?", pregunta ella. "¡Rojo!"

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