Pablo Ruocco
Sin la luz del día, todo
lo que se esconde es más difícil de encontrar. La demora en descubrir lo evidente:
la puerta entreabierta del baño contiguo al garaje, un frasco de veneno para
hormigas vacío. Al lado, la muestra contundente de una serie de malentendidos
fatales.
El sol se deja caer, lentamente, hacia un atardecer urgente
de lo que fue un sábado en familia. Emilia sigue rebotando su pelota de tenis
contra la pared, con la misma conformidad que la acompaña desde hace más de
tres horas. Es lo más cercano a la diversión que encontró. La claridad de sus
rulos contrasta con las facciones que enredan su cara. El juego se va
complicando a medida que lanza la pelota más alto. Tira la pelota - ya no
resalta el amarillo fluorescente que la caracterizaba - ahora de un gris
suciedad. La pelota rebota también contra la pared, al igual que todo lo que la
rodea, sucia de abandono. Se permite un solo pique en el suelo de cemento árido
del garage. El juego se complica a medida que Emilia lanza con mayor fuerza y
altura la pelota. En cada golpe, descarga bronca acumulada. Hasta que llega el
momento en que se ve superada por su propio desafío, su propia bronca, y no
alcanza a dar con el único objeto que le sirve de compañía: su pelota gris de
tenis sucia. La va a buscar. Nunca recorre más de tres o cuatro metros. Las
dimensiones del garage no lo permiten. Empieza todo otra vez: primero más bajo,
luego cada vez más alto... Ve personas a su alrededor, pero sus ocho años
cumplidos el mes pasado le dicen que no le son útiles como compañeras de juego.
Su edad es la ideal para que se pueda dar el gusto de crear personajes
imaginarios; compañeros de todo momento que, aunque no logran verla reír, se
conforman con hacerle compañía. No es la pared gastada y sucia la que devuelve
cada uno de sus lanzamientos. Eso ven los adultos. Emilia siempre estuvo
jugando con Camila, su amiga que desde hace poco más de un año, desde aquella
tarde de domingo en la que se le apareció en su absoluta soledad, no la
abandonó nunca más.
De repente, alguien se cruza entre las dos amigas:
—¿¡No ves que estamos jugando!? -grita Emilia,
encolerizada, con la misma bronca con que devuelve cada lanzamiento de Camila.
—Perdón —es lo único que recibe como respuesta.
Dos longevos y graves pinos hacen las veces de arco. A
unos quince metros Fede apoya la pelota contra el pasto y toma carrera. En el
arco no hay nadie. Patea. El disparo se desvía un metro por fuera de lo
planeado. Con la paciencia de alguien que tarde o temprano intuye, o al menos
desea, lograr lo que quiere, va en busca de su pelota y la coloca exactamente a
tres metros a la izquierda de donde había pateado antes. Su cuerpo está
acomodándose, de forma torpe y despareja, al inicio de la adolescencia. Faltan
justo veinticuatro días para las pruebas de las inferiores de Lanús, el club de
su barrio. Él se tiene fe, pero sabe que tiene que practicar mucho para llegar
en óptimas condiciones. La frustración y el desaliento, luego de cada disparo
errado, son sus únicos aliados. Un último tiro –así se lo prometió él en caso
de no ser gol– se estrella en el pino más alto, el derecho. En ese mismo
instante las lágrimas empiezan a brotar de sus ojos con la impotencia de
alguien que sabe que no debe llorar. Su sueño parece cada día más lejos de la
realidad. Deberá conformarse con participar de los torneos inter-barriales de
siempre, si es que sus amigos lo invitan.
Fede quiere practicar en el puesto de arquero, rol que más
disfruta y mejor le resulta. Pero no tiene a quien pedirle que le patee.
Entonces, se conforma con arrojar la pelota al cielo, lo más alto que puede, e intentar
embolsarla. Este es el premio consuelo que encuentra. Mientras, sigue llorando.
—Dejá de mariconear, ya estás grande para esas pavadas —le
grita su padre al verlo, desde su reposera de un celeste claro y confortable como
ninguna de las otras tres.
Fede se muerde los labios para no insultar a ese ogro que tiene como padre.
Los labios le empiezan a sangran, a la vez que un nuevo flujo de lágrimas
completan la excusa perfecta para que salga corriendo al baño, en busca del
consuelo que no encontró en otro lado.
—Este pendejo está cada vez más maricón, qué querés que te diga.
—Bueno, Raúl, dejalo. Son cosas de chicos, ya se le va a pasar.
— ¿Qué cosas de chicos? ¿Vos viste cómo la Emi está divirtiéndose sola, sin hacer ningún
escándalo? No me vengas con eso, eh. ¿O acaso yo de borrego lloraba en mi casa
cuando no tenía con quien jugar?
—No sé, me imagino que no, Raúl, no creo. Pero por otras cosas sí te
pondrías mal.
¿Pero de qué otras cosas me estás hablando? ¡Por favor! No ves que el pibe
mariconea porque no puede embocar la pelotita entre esos dos pinos de mierda.
Habrá salido a vos. Siempre fuiste medio durita para los deportes, ¿no?
— ¿Vos qué sabés si es por eso que está mal? ¿Por qué en vez de insultarlo
no vas a ver qué es lo que le pasa? Estoy segura de que no es solo por eso que
está así.
La impaciencia con la que sus once años le exigen mantener una imagen de
chico maduro se refleja en Fede. Su paso acelerado, producto de la humillación
sufrida unos segundos antes, le impide ver a su hermana jugando en el garage.
La apacible tranquilidad con la que la ve divertirse, siempre tan sola como él,
lo enfurece aún más, y como respuesta ataca a quien, en ese momento, ve como su
antítesis. Con una certeza paradójica, embiste de una patada cargada de furia la
pelotita de tenis de su hermana de tal forma que el pedido de disculpas que
segundos después sale tímidamente de su boca parece más una ironía que un
arrepentimiento por una acción que no sintió del todo suya.
El sol resulta ser el único testigo, desde la proximidad
que le permite el mediodía, de la mesa redonda y familiar.
— ¿Cómo que no compraste carbón, Marcela? Ahora, ¿me
querés decir con qué prendo el fuego?
—Ya te dije que me olvidé, ya está, perdoname. No puedo
hacer aparecer, como por arte de magia, dos bolsas de carbón delante de vos.
¿No lo podés prender con papel y ramas secas?
—No, si no es con carbón a mí no me gusta el asado, y lo
sabés.
—Bueno, no te hagas tanto problema, comemos el fiambre
que traje para la merienda. Hacemos unos ricos sanguchitos y listo. Nadie se va
a quedar sin comer.
Luego del almuerzo consuelo, desde algún lugar de esa
quinta de San Vicente alquilada por todo el año, pero solo frecuentada algunos
fines de semana, se escuchan las quejas de Raúl:
—Parecería que me lo hacés a propósito, sabés que detesto
comer fiambre y ¿cuál es el almuerzo? ¡Fiambre! Y todo por no haber comprado el
carbón. Seguro que si se lo encargaba a Fede, hasta él se hubiera acordado.
— ¡Pará! ¿Qué hice yo ahora que también la ligo? Aparte
está bueno comer estos sanguchitos especiales de mamá: ni huevo les falta.
—Mejor callate vos y, en vez de comer tanto, empezá a
practicar que en menos de un mes ya tenés las pruebas en el club.
—Bueno, está bien, me como esta mitad que dejó Emilia y
voy.
—Dejá de presionar al nene, Raúl. Ya te dije que no es
bueno que le insistas tanto con esas benditas pruebas.
—Vos dejame a mí, yo sé cómo sacarlo bueno al pibe. ¿No
es cierto, tigre?
—Sí, sí. Ya me calzo los botines y voy para la canchita,
pá. ¿Venís?
—No, andá solo que me parece que este fiambre berreta que
trajo tu madre me cayó mal. Me voy a tirar un rato en la reposera, andá que yo
te miro.
El sol empieza a tomar el envión de la mañana del sábado.
Todo hace creer que los Rivieri pasarán este fin de semana en la quinta que,
desde hace algunos meses, alquilan en un barrio lleno de tanto verde y
tranquilidad, a cuarenta y cinco minutos de su casa. Raúl ya compró mollejas y
una tira de asado; suficiente para su familia. Nada mejor que un buen pedazo de
carne a la parrilla para disfrutar de un día como este.
Las personas actúan con tanta ligereza porque desconocen
las catástrofes que pueden surgir de un simple descuido:
—Emi, mi vida, ¿dónde dejaste el carbón que te mandé a
comprar?
—No, mami, yo no tenía que ir, que vaya Fede.
—¿Por qué yo? ¡Ya bastante que compré el veneno para
hormigas que me encargó papá!
—Pero Emi, te dije que...
—Bueno, familia, vamos partiendo que se hace tarde —argumenta
irrevocablemente Raul.
—Ahí vamos, querido, lo que pasa es que, en el apuro, Emi...
—Dejala a la nena, pobrecita, y dejá vos de hacer
problema por todo. Salgamos de una buena vez para la quinta; no hay nada que no
se pueda solucionar.
Casi nada. De la soledad y sus trágicas consecuencias, un
niño no vuelve.
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