de Cecilia Maugeri
¿Pero
adónde, adónde iremos?/ ¿Por fortuna encontraremos/ en la pampa algún asilo,/
donde nuestro amor tranquilo/ logre burlar su furor?/ ¿Podremos, sin ser
sentidos,/ escapar, y desvalidos,/ caminar a pie, y jadeando,/ con el hambre y
sed luchando,/ el cansancio y el dolor? Ellos van. Vasto, profundo/ como el
páramo del mundo/ misterioso es el que pisan./ Mil fantasmas se divisan,/ mil
formas vanas allí,/ que la sangre joven hielan:/ mas ellos vivir anhelan.
Esteban Echeverría, La cautiva
I
La muchacha cuelga las sábanas blanquísimas
y el viento las espanta. El jinete viene galopando furioso, pasa a su lado como
una ráfaga y se le vuela
el vestido, el pelo, y se llena de polvo. Las sábanas se revuelven, centrifugadas por el
impulso y él vuelve a pasar para el otro lado y esta vez la levanta en el aire
en un solo movimiento, envuelta en la tela blanca como una momia, entregada. El caballo corre a toda velocidad. Casi
vuela, turbulento, y parece imposible que alguna vez vaya a aterrizar.
II
El jinete y la muchacha se pierden en la
llanura. No se sabe adónde van. No se sabe si es un pistolero o un indio ranquel.
El paisaje es el mismo: una raya en el
horizonte.
El jinete es salvaje y la muchacha es
delicada.
Esto pasa seguido en el desierto.
Es una escena común, muchas veces contada.
Lo que no se sabe, lo que nunca nadie contó es adónde va ese caballo, qué pasa cuando se detiene.
(Porque en algún momento tiene que parar,
nadie vive galopando para siempre.)
Parece que el rapto es sólo eso:
arrancar a una muchacha de cuajo y llevarla
lejos y rápido.
III
El caballo se esfuma, deja una nube de
polvo que impide ver dónde están, qué están haciendo, para qué se roba así, qué viene después.
¿Desaparecen?
¿Explotan por el aire? ¿Se los traga la
tierra? ¿Se prenden fuego?
¿Se matan? ¿Se aman?
¿Se entienden? ¿Vale la pena?
¿Tendré que ir?
Una nube de polvo: lo último que se ve
desde acá.
El efecto que se puede contar. El falso
misterio.
Una pregunta de flecha:
correr más rápido con los ojos y atravesar
el final.
Abrir la historia del rapto que no se
termina.
IV
Sí, voy a correr a ciegas, sosteniendo el
vértigo para pasar del otro lado y verlos llegar. Descubrirlos y poder contarlo: captar con los ojos esa acción reveladora.
Espero que la escena sea una visión que
nunca imaginé.
Que me sorprenda tanto que no pueda pensar.
Que la reflexión no me sirva para nada.
Abandonarla feliz.
Que pueda ver con ojos humanos.
Que la vista salga de mi cuerpo.
Ver lo que se afirma, lo que se muestra, lo
que vive, lo evidente, lo que es.
V
El caballo se desploma. El jinete se
incorpora y carga a la muchacha sobre el lomo. Ella no grita ni patalea. Tiembla de tristeza. Él la acuesta en el pastizal. Envuelta
en las sábanas parece una mariposa o un bebé recién nacido. Él necesita la resistencia. Rasga la tela, fabrica el ruido, la sensación de
algo roto. Es el momento de arrasar, pero se demora un segundo. Ella lo mira como un animal herido. Él se contiene. Se acerca con
determinación y dificultad. Ella le pone
una mano en el pecho. Tal vez quiere pararlo, pero su
cuerpo es tan blando que le
sale una caricia. Él se siente tocado, violado. La mira
para entender qué pasa y sus ojos se encuentran.
Ninguno sabe qué es ese gesto.
La imagen se congela en la extrañeza. Se sienten
ridículos en la situación de no entender. Se ríen.
Lloran de la risa. Y de los nervios. Y del miedo. Y del amor.
VI
El cielo está casi quieto. Se pueden ver
los cambios suaves en las sábanas tendidas por la mañana, que guardan la historia del día. La muchacha mira el sol caer sentada
en un tronquito, tomando mate al borde de la noche. Su patrona aprendió a
permitir esa costumbre. Hace siempre lo que se le manda, pero no puede evitar
el ritual de la tarde. En
ese momento, le es imposible cumplir órdenes. Sale
hipnotizada a ver el campo que atardece como si
recordara un antiguo incendio.
El jinete cruza las chacras al galope y
parece que el pasto se doblara ante él antes de ser pisado. La sombra de caballo y hombre es imponente, pero la fama es lo
primero que se ve. Mirando mucho tiempo la línea del horizonte, la tierra tan
sólida puede volverse vapor de polvo. Así se presenta él, como una exhalación de la
llanura. Ella siente a sus espaldas el calor del caballo. Él se acerca en
silencio. La mira y dice: “Vamos”. Posibilidades infinitas salen de esa única palabra: correr, pelear, gritar,
resistir, morir. La muchacha se pone de pie y le ceba un mate. Él lo toma.
En un segundo inmenso como la llanura,
dedica una última mirada a su casa. Deja la pava en el piso, se para sobre el tronquito y
sube al caballo
como quien trepa una montaña. Él le devuelve el mate y
ella lo guarda en el bolsillo del delantal. Él ordena:
“Agarrate fuerte”. Ella obedece. Es dócil. Todas las tardes, sin falta, se
sienta a tomar mate mirando
lo que queda del sol.
VII
La muchacha está parada en el medio de la
llanura haciendo cualquier cosa, disimulando. Fue a buscar agua, a tender las sábanas, a darle de comer a las gallinas. Se la ve
activa, hacendosa. Pero si
pudiéramos hacer una radiografía de su
alma, veríamos que está vagando sin rumbo, que no sabe qué está haciendo ni por qué está viva. Que varias veces al día
querría morir.
El jinete galopa cortando camino. No
importa qué hizo, lo que interesa es la consecuencia. Huye furioso. Escapa hacia adelante. Ya
olvidó la acción. Ahora se concentra en su cuerpo. Rebelión, ira. Ganas de
aniquilar. Desaparecer. Fugarse de la tierra.
Hay desquite. Hay encuentro. El jinete
agarra a la muchacha de los pelos y la lleva tumbada sobre el caballo de cualquier manera. A ninguno de los dos le importa.
VIII
Le doy vueltas a la escena, la miro de acá,
de allá, pero no hay manera: no puedo pasar del otro lado. La nube sigue ahí, deformando la historia. No puedo ver en qué
se convierte el rapto.
Tal vez no hay transformación. Hay algo que
se corta.
Fundido a negro y después... elipsis.
Viene la historia de las cautivas viejas y
de cómo se adecuaron al raptor.
Nadie puede acceder a ese paréntesis.
Hay que ser raptada, hay que raptar para saber.
El rapto es íntimo.
IX
Hay algo que no puedo ver.
La violencia de la violación.
Todo lo que participa. Todo lo que
desencadena.
El rapto histórico. El sometimiento.
Ser una sierva. Una cierva.
Un blanco perfecto.
Dócil. Inocente.
Sin palabra.
X
Y esa necesidad de creer que la muchacha
elige a su raptor.
El deseo de creer en el destino.
Que tenga sentido. Que sea una función.
Jugar a Dios.
Todo está escrito.
XI
El jinete y la muchacha se pierden en el
horizonte.
Son libres de palabra.
Soy yo la esclava de la imagen.

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