lunes, 29 de febrero de 2016

El Rapto | Poesía

de Cecilia Maugeri


¿Pero adónde, adónde iremos?/ ¿Por fortuna encontraremos/ en la pampa algún asilo,/ donde nuestro amor tranquilo/ logre burlar su furor?/ ¿Podremos, sin ser sentidos,/ escapar, y desvalidos,/ caminar a pie, y jadeando,/ con el hambre y sed luchando,/ el cansancio y el dolor? Ellos van. Vasto, profundo/ como el páramo del mundo/ misterioso es el que pisan./ Mil fantasmas se divisan,/ mil formas vanas allí,/ que la sangre joven hielan:/ mas ellos vivir anhelan.

Esteban Echeverría, La cautiva



I

La muchacha cuelga las sábanas blanquísimas y el viento las espanta. El jinete viene galopando furioso, pasa a su lado como una ráfaga y se le vuela el vestido, el pelo, y se llena de polvo. Las sábanas se revuelven, centrifugadas por el impulso y él vuelve a pasar para el otro lado y esta vez la levanta en el aire en un solo movimiento, envuelta en la tela blanca como una momia, entregada. El caballo corre a toda velocidad. Casi vuela, turbulento, y parece imposible que alguna vez vaya a aterrizar.


II

El jinete y la muchacha se pierden en la llanura. No se sabe adónde van. No se sabe si es un pistolero o un indio ranquel.

El paisaje es el mismo: una raya en el horizonte.

El jinete es salvaje y la muchacha es delicada.

Esto pasa seguido en el desierto.

Es una escena común, muchas veces contada. Lo que no se sabe, lo que nunca nadie contó es adónde va ese caballo, qué pasa cuando se detiene.

(Porque en algún momento tiene que parar, nadie vive galopando para siempre.)


Parece que el rapto es sólo eso:
arrancar a una muchacha de cuajo y llevarla lejos y rápido.


III

El caballo se esfuma, deja una nube de polvo que impide ver dónde están, qué están haciendo, para qué se roba así, qué viene después.

¿Desaparecen?
¿Explotan por el aire? ¿Se los traga la tierra? ¿Se prenden fuego?
¿Se matan? ¿Se aman?
¿Se entienden? ¿Vale la pena?
¿Tendré que ir?

Una nube de polvo: lo último que se ve desde acá.
El efecto que se puede contar. El falso misterio.

Una pregunta de flecha:
correr más rápido con los ojos y atravesar el final.
Abrir la historia del rapto que no se termina.


IV

Sí, voy a correr a ciegas, sosteniendo el vértigo para pasar del otro lado y verlos llegar. Descubrirlos y poder contarlo: captar con los ojos esa acción reveladora.

Espero que la escena sea una visión que nunca imaginé.
Que me sorprenda tanto que no pueda pensar.
Que la reflexión no me sirva para nada. Abandonarla feliz.
Que pueda ver con ojos humanos.
Que la vista salga de mi cuerpo.
Ver lo que se afirma, lo que se muestra, lo que vive, lo evidente, lo que es.


V

El caballo se desploma. El jinete se incorpora y carga a la muchacha sobre el lomo. Ella no grita ni patalea. Tiembla de tristeza. Él la acuesta en el pastizal. Envuelta en las sábanas parece una mariposa o un bebé recién nacido. Él necesita la resistencia. Rasga la tela, fabrica el ruido, la sensación de algo roto. Es el momento de arrasar, pero se demora un segundo. Ella lo mira como un animal herido. Él se contiene. Se acerca con determinación y dificultad. Ella le pone una mano en el pecho. Tal vez quiere pararlo, pero su cuerpo es tan blando que le sale una caricia. Él se siente tocado, violado. La mira para entender qué pasa y sus ojos se encuentran. Ninguno sabe qué es ese gesto. La imagen se congela en la extrañeza. Se sienten ridículos en la situación de no entender. Se ríen. Lloran de la risa. Y de los nervios. Y del miedo. Y del amor.


VI

El cielo está casi quieto. Se pueden ver los cambios suaves en las sábanas tendidas por la mañana, que guardan la historia del día. La muchacha mira el sol caer sentada en un tronquito, tomando mate al borde de la noche. Su patrona aprendió a permitir esa costumbre. Hace siempre lo que se le manda, pero no puede evitar el ritual de la tarde. En ese momento, le es imposible cumplir órdenes. Sale hipnotizada a ver el campo que atardece como si recordara un antiguo incendio.

El jinete cruza las chacras al galope y parece que el pasto se doblara ante él antes de ser pisado. La sombra de caballo y hombre es imponente, pero la fama es lo primero que se ve. Mirando mucho tiempo la línea del horizonte, la tierra tan sólida puede volverse vapor de polvo. Así se presenta él, como una exhalación de la llanura. Ella siente a sus espaldas el calor del caballo. Él se acerca en silencio. La mira y dice: “Vamos”. Posibilidades infinitas salen de esa única palabra: correr, pelear, gritar, resistir, morir. La muchacha se pone de pie y le ceba un mate. Él lo toma.

En un segundo inmenso como la llanura, dedica una última mirada a su casa. Deja la pava en el piso, se para sobre el tronquito y sube al caballo como quien trepa una montaña. Él le devuelve el mate y ella lo guarda en el bolsillo del delantal. Él ordena: “Agarrate fuerte”. Ella obedece. Es dócil. Todas las tardes, sin falta, se sienta a tomar mate mirando lo que queda del sol.


VII

La muchacha está parada en el medio de la llanura haciendo cualquier cosa, disimulando. Fue a buscar agua, a tender las sábanas, a darle de comer a las gallinas. Se la ve activa, hacendosa. Pero si
pudiéramos hacer una radiografía de su alma, veríamos que está vagando sin rumbo, que no sabe qué está haciendo ni por qué está viva. Que varias veces al día querría morir.

El jinete galopa cortando camino. No importa qué hizo, lo que interesa es la consecuencia. Huye furioso. Escapa hacia adelante. Ya olvidó la acción. Ahora se concentra en su cuerpo. Rebelión, ira. Ganas de aniquilar. Desaparecer. Fugarse de la tierra.

Hay desquite. Hay encuentro. El jinete agarra a la muchacha de los pelos y la lleva tumbada sobre el caballo de cualquier manera. A ninguno de los dos le importa.


VIII

Le doy vueltas a la escena, la miro de acá, de allá, pero no hay manera: no puedo pasar del otro lado. La nube sigue ahí, deformando la historia. No puedo ver en qué se convierte el rapto.

Tal vez no hay transformación. Hay algo que se corta.

Fundido a negro y después... elipsis.

Viene la historia de las cautivas viejas y de cómo se adecuaron al raptor.

Nadie puede acceder a ese paréntesis.

Hay que ser raptada, hay que raptar para saber.

El rapto es íntimo.


IX

Hay algo que no puedo ver.

La violencia de la violación.

Todo lo que participa. Todo lo que desencadena.

El rapto histórico. El sometimiento.

Ser una sierva. Una cierva.

Un blanco perfecto.

Dócil. Inocente.

Sin palabra.


X

Y esa necesidad de creer que la muchacha elige a su raptor.

El deseo de creer en el destino.

Que tenga sentido. Que sea una función.

Jugar a Dios.



Todo está escrito.


XI

El jinete y la muchacha se pierden en el horizonte.

Son libres de palabra.

Soy yo la esclava de la imagen.


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