Textos escritos a partir de diversas consignas, estímulos e ideas, realizados en el marco del Taller de Escritura en Vivo. Febrero de 2016. Escritos parciales, imperfectos, mejorables; ¡pero escritos al fin!
Pablo Ruocco
Cuando abrió los ojos, no veía
nada. Pero nada. Y no es que se hubiese quedado ciego como ocurre en esas
novelas televisivas de dudoso gusto. No. Técnicamente veía. O sea, no tenía
lesionado el nervio óptico ni había tenido un desprendimiento de retina. No.
Eso estaba bien. Igual no veía nada. Hablando con propiedad: veía nada.
Enrique abrió los ojos y de
inmediato supo que estaba en un lugar desconocido, al menos para él. Un aroma singular,
distinto, putrefacto invadió de inmediato todo su rostro. Tan intenso era el
olor, que sintió que podía desmayarlo si respiraba muy profundo. Era como tener
la cabeza en el fondo de un contenedor de basura. Sentía que sus pulmones se
resentían con cada inhalación que realizaba. Pero no era un contenedor de
basura el lugar que lo alojaba. Enrique sentía estar en un lugar pequeño. Algo
de la densidad con la que sentía el aire a su alrededor le daba esa idea.
Intentó levantarse –estaba
acostado- pero no pudo. Algo muy duro, liso y firme interrumpió el envión que
había iniciado, con el esfuerzo de sus abdominales. El golpe en
seco lo devolvió a su posición de origen. Casi por reflejo empezó a tantear con ambas manos –ahora sí con algo
más de cuidado- la superficie donde reposaba. Era áspera, aunque no tan firme
como el caño o lo que fuese con lo que golpeó su cabeza. Parecía un cobertor de
cama viejo, muy viejo. Arrastraba los dedos y las palmas de ambas manos, de
manera lenta y atenta, como si fuesen gusanos. Intuía que algo de ese aroma tan
desagradable podía provenir de ese cobertor algo desgarbado sobre el cual
estaba acostado. Sus dedos como gusanos, siguieron explorando la superficie
con cautela. No encontraron nada que le pudiese dar alguna señal sobre el lugar dónde se
encontraba. Entonces, despegó las manos –ahora como mariposas - del cobertor y
las dirigió hacia arriba de su cabeza, aún recostada. De inmediato se encontró
con una especie de estante amurado sobre la pared que se ubicaba a unos diez
centímetros sobre su frente. Adivinó las ménsulas frías y sus correspondientes
tornillos; parecían estar bien amurados. Con extremo cuidado, tanteó la
superficie del estante. Con la yema de sus dedos, fue recorriendo los contornos
de algunos objetos que supuso conocidos: una medalla, un portarretratos, una
lapicera.
Por un momento, decidió que era
imposible ver nada. Esforzó su vista lo más que pudo e intentó recorrer el espacio, con un
leve movimiento desde el cuello, tratando de encontrar algún mínimo destello de
luz. Nada. Todo lo que veía era igual de negro.
Sintió un frío
profundo en sus pies, como una alarma que le alertaba sobre algo que todavía no
llegaba a comprender. Descubrió que hasta ese momento no había intentado pedir
ayuda, manifestando de alguna forma la necesidad de que alguien lo auxilie. Lo que sucedió a continuación exaltó por completo a Enrique: por más
que forzó al máximo sus cuerdas vocales, no pudo emitir sonido alguno. Recordó
el estante y aquellos objetos, lejanos aunque reconocibles. El portarretratos
de cerámica con bordes redondos, había conservado por años una foto con sus
padres; la medalla helada y circular, reconocimiento escolar a su buen
desempeño; la Parker a pluma, compañera fiel de los ensayos sobre literatura
que supo escribir.
Intentó volver a alguno de esos
objetos, con la intención de volver a algún otro tiempo. Sus manos
permanecieron inmóviles, como mariposas ancianas. Tampoco pudo volver a
levantarse. Su cuerpo completo ahora yacía en una eterna quietud. El frío que
había abrazado sus pies, ahora lo envolvía por completo.
Pensar la muerte como un estar
apacible quizás sea sólo un consuelo ante algo que, tarde o temprano, a todos
nos llega. Lo que desconocemos es cómo será ese estar para cada uno.

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