lunes, 7 de marzo de 2016

Ver nada | Retazos del Taller

Textos escritos a partir de diversas consignas, estímulos e ideas, realizados en el marco del Taller de Escritura en Vivo. Febrero de 2016. Escritos parciales, imperfectos, mejorables; ¡pero escritos al fin!

Pablo Ruocco

Cuando abrió los ojos, no veía nada. Pero nada. Y no es que se hubiese quedado ciego como ocurre en esas novelas televisivas de dudoso gusto. No. Técnicamente veía. O sea, no tenía lesionado el nervio óptico ni había tenido un desprendimiento de retina. No. Eso estaba bien. Igual no veía nada. Hablando con propiedad: veía nada.

Enrique abrió los ojos y de inmediato supo que estaba en un lugar desconocido, al menos para él. Un aroma singular, distinto, putrefacto invadió de inmediato todo su rostro. Tan intenso era el olor, que sintió que podía desmayarlo si respiraba muy profundo. Era como tener la cabeza en el fondo de un contenedor de basura. Sentía que sus pulmones se resentían con cada inhalación que realizaba. Pero no era un contenedor de basura el lugar que lo alojaba. Enrique sentía estar en un lugar pequeño. Algo de la densidad con la que sentía el aire a su alrededor le daba esa idea.
Intentó levantarse –estaba acostado- pero no pudo. Algo muy duro, liso y firme interrumpió el envión que había iniciado, con el esfuerzo de sus abdominales. El golpe en seco lo devolvió a su posición de origen. Casi por reflejo empezó  a tantear con ambas manos –ahora sí con algo más de cuidado- la superficie donde reposaba. Era áspera, aunque no tan firme como el caño o lo que fuese con lo que golpeó su cabeza. Parecía un cobertor de cama viejo, muy viejo. Arrastraba los dedos y las palmas de ambas manos, de manera lenta y atenta, como si fuesen gusanos. Intuía que algo de ese aroma tan desagradable podía provenir de ese cobertor algo desgarbado sobre el cual estaba acostado. Sus dedos como gusanos, siguieron explorando la superficie con cautela. No encontraron nada que le pudiese dar alguna señal sobre el lugar dónde se encontraba. Entonces, despegó las manos –ahora como mariposas - del cobertor y las dirigió hacia arriba de su cabeza, aún recostada. De inmediato se encontró con una especie de estante amurado sobre la pared que se ubicaba a unos diez centímetros sobre su frente. Adivinó las ménsulas frías y sus correspondientes tornillos; parecían estar bien amurados. Con extremo cuidado, tanteó la superficie del estante. Con la yema de sus dedos, fue recorriendo los contornos de algunos objetos que supuso conocidos: una medalla, un portarretratos, una lapicera.  
Por un momento, decidió que era imposible ver nada. Esforzó su vista lo más que pudo e intentó recorrer el espacio, con un leve movimiento desde el cuello, tratando de encontrar algún mínimo destello de luz. Nada. Todo lo que veía era igual de negro.
Sintió un frío profundo en sus pies, como una alarma que le alertaba sobre algo que todavía no llegaba a comprender. Descubrió que hasta ese momento no había intentado pedir ayuda, manifestando de alguna forma la necesidad de que alguien lo auxilie. Lo que sucedió a continuación exaltó por completo a Enrique: por más que forzó al máximo sus cuerdas vocales, no pudo emitir sonido alguno. Recordó el estante y aquellos objetos, lejanos aunque reconocibles. El portarretratos de cerámica con bordes redondos, había conservado por años una foto con sus padres; la medalla helada y circular, reconocimiento escolar a su buen desempeño; la Parker a pluma, compañera fiel de los ensayos sobre literatura que supo escribir.
Intentó volver a alguno de esos objetos, con la intención de volver a algún otro tiempo. Sus manos permanecieron inmóviles, como mariposas ancianas. Tampoco pudo volver a levantarse. Su cuerpo completo ahora yacía en una eterna quietud. El frío que había abrazado sus pies, ahora lo envolvía por completo.


Pensar la muerte como un estar apacible quizás sea sólo un consuelo ante algo que, tarde o temprano, a todos nos llega. Lo que desconocemos es cómo será ese estar para cada uno. 

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