jueves, 10 de septiembre de 2015

Sujetos perdidos | Cuento

Pablo Ruocco

Como lo hacía cada vez que llegaba al portón de rejas verdes que hacía de entrada, Tomás miró para ambos lados de la calle antes de sacar la llave. Desde la última vez que le habían robado el celular, había quedado particularmente sensible a miradas y presencias desconocidas.
Caminó por el pasillo con ese ritmo ágil de quien quiere entrar a su casa, quitarse las vestiduras del cotidiano y disfrutar del encuentro con su compañera de vida. Conmigo.
Como casi todos los días, antes de abrir la puerta que da a la cocina, lo recibió Mick, tan blanco y tan sucio. Sus patitas suaves, aunque firmes, daban cuenta de que no comía hacía por lo menos un par de horas.
Tomás entró y recibió de un solo respiro el entramado de aromas que hacen a la identidad de su casa, mezcla de calidez y madera.
Hola, amor dijo sin un destino preciso, mientras cerraba la puerta, dándole doble vuelta a la llave.
Hacía casi dos años que me había ido a vivir a su casa. Aunque para el sentido común y el de algunos familiares fuese “demasiado pronto”, basándose en matemáticas y calendarios que poco tienen que ver con el amor, los siete meses que hacía que nos conocíamos no nos resultaron prematuros al momento de tomar la decisión. Yo vivía con una amiga, pasaba más tiempo en su casa que en la mía. Aunque ya no le correspondían, ni al espacio ni a la persona con quien vivía, esos modos de nombrarlas.
Hola, amor repitió con algo menos de precisión.
Sus palabras ciegas de recepción parecían acomodarse, entre tarros y paquetes, en los estantes de la cocina. Esperó algunos segundos, solo para no caer en la trampa de ese silencio urgente. No sea cosa que después lo tildara de ansioso.
Amor, ¿estás?y la pregunta dio paso a lo no esperado.
Es que eran más que excepcionales las veces que él llegaba tan tarde y no me encontraba en casa. Su agenda y dinámica de trabajo lo ubicaban en ese lugar tedioso y difícil de esquivar de “hombre de oficina”, por lo que sus horarios rutinarios y poco flexibles hacían de la espontaneidad una excepción.
Apoyó la mochila azul costumbre en la mesa de la cocina, casi como un reflejo. Como cuando uno se lava los dientes, atento al pronóstico del tiempo que emiten por la radio: de manera automática, pero prestándole atención a otra cosa. No se sacó la campera. La pequeña sensación de incomodidad que le empezó a subir por el pecho le molestaba aún más que el abrigo. Caminó hacia la habitación con la velocidad de quien no quiere llegar a un lugar donde sabe que nadie lo espera.
¿Ceci? insistió, con un tono entre firme y enojado. Como si llamarme por mi nombre cambiara en algo la situación.
Con el desconcierto propio de quien se encuentra en un espacio conocido, pero con algo alguien, en este caso que falta, caminó en varias direcciones sin saber qué hacer. Decidió que lo mejor era contactarme por teléfono. Evidentemente, la ansiedad no le permitió tolerar la demora de una respuesta por mensaje. Me llamó. La inmediatez con la que apareció la automática y desafectada voz del contestador lo inquietó un poco más. Intentó dos o tres veces más. Nada. O peor, ya que su preocupación fue en aumento. Cuantos más intentos infructuosos por contactarme, mayor frecuencia cardíaca.
De pronto, le dieron ganas de llorar. Aunque la falta de testigos burlones lo dejaba en esa soledad cómplice para hacer casi cualquier cosa, se contuvo. Miró por la ventana, imaginando que algunos de los ruidos que escuchaba podrían dar cuenta de mi llegada. Nada.
Decidió, aunque sin que la acción fuese premeditada ni fundamentada, esperar. Se puso a hacer un mate, como un intento por restablecer cierta cotidianeidad. Como si al cebar el primero con media cucharadita de azúcar, como a mí me gusta  yo fuese a aparecer, por arte de magia. La intranquilidad que sintió en ese momento se tradujo en una mayor brusquedad en el manejo de la pava, dando como resultado un chorro de agua caliente casi hirviendo que volcó en su mano izquierda. Como un reflejo urgente, abrió ambas manos. El estruendo que hizo la pava al caer al suelo pareció despertarlo de un sueño. Sin detenerse a enmendar el pequeño caos que ocasionó el accidente, entre restos de yerba, mate y agua casi hirviendo, todo desparramado en no menos de dos metros a la redonda, salió de la casa.
La noche fresca y sin nubes no logró despejar ni aclarar sus ideas. Sabía que la situación no era grave, entendía que era desmedido contactar a mi familia, consultar a amigos en común, incluso con alguna excusa. Como un catálogo de posibilidades, empezó a visualizar distintas hipótesis que pudiesen explicar mi ausencia. Ninguna lo convenció. Tranquilizarse no era una posibilidad.
Los primeros meses de convivencia se dividían entre escenas de mucha ternura y momentos de cierta tensión. Desayunos en la cama y algunos muebles cambiados de lugar daban cuenta de lo primero. Discusiones silenciosas por el control remoto y desencuentros al momento de elegir qué hacer para comer, de lo segundo. A medida que fueron pasando las semanas, tales divisiones fueron dando lugar a charlas más amenas, de acuerdos y negociaciones.
A medida que pasaron las horas, la desesperación de Tomás fue en aumento. Del mismo modo, creció de manera proporcional su necesidad de ayuda: se contactó con mis amigos y mis padres, en ese orden. Con disimulo, aunque evidenciando una notable preocupación, se fue encontrando con respuestas que sólo tenían en común el desconocimiento de mi paradero.
Pasaron los días y la necesidad de ayuda dio paso a la desesperación. La cual fue infructuosamente saciada contactando a diversos vecinos del barrio, luego a la policía y finalmente, a algunos medios de comunicación del barrio. Nadie sabía nada de mí.
Mientras tanto, yo seguía en el mismo lugar. Las personas no se pierden, como tampoco los objetos. Quien busca tiene la sensación de que aquello que no encuentra está perdido. Pero yo sabía muy bien dónde me encontraba.

No nos volvimos a ver.

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