Pablo Ruocco
Como
lo hacía cada vez que llegaba al portón de rejas verdes que hacía de entrada,
Tomás miró para ambos lados de la calle antes de sacar la llave. Desde la
última vez que le habían robado el celular, había quedado particularmente
sensible a miradas y presencias desconocidas.
Caminó
por el pasillo con ese ritmo ágil de quien quiere entrar a su casa, quitarse
las vestiduras del cotidiano y disfrutar del encuentro con su compañera de
vida. Conmigo.
Como
casi todos los días, antes de abrir la puerta que da a la cocina, lo recibió
Mick, tan blanco y tan sucio. Sus patitas suaves, aunque firmes, daban cuenta
de que no comía hacía por lo menos un par de horas.
Tomás
entró y recibió de un solo respiro el entramado de aromas que hacen a la identidad
de su casa, mezcla de calidez y madera.
—Hola, amor —dijo sin un destino preciso, mientras cerraba
la puerta, dándole doble vuelta a la llave.
Hacía
casi dos años que me había ido a vivir a su casa. Aunque para el sentido común –y el de algunos familiares– fuese “demasiado pronto”, basándose en
matemáticas y calendarios que poco tienen que ver con el amor, los siete meses
que hacía que nos conocíamos no nos resultaron prematuros al momento de tomar
la decisión. Yo vivía con una amiga, pasaba más tiempo en su casa que en la
mía. Aunque ya no le correspondían, ni al espacio ni a la persona con quien
vivía, esos modos de nombrarlas.
–Hola, amor –repitió con algo menos de precisión.
Sus
palabras ciegas de recepción parecían acomodarse, entre tarros y paquetes, en
los estantes de la cocina. Esperó algunos segundos, solo para no caer en la
trampa de ese silencio urgente. No sea cosa que después lo tildara de ansioso.
–Amor, ¿estás? –y la pregunta dio paso a lo no esperado.
Es
que eran más que excepcionales las veces que él llegaba tan tarde y no me
encontraba en casa. Su agenda y dinámica de trabajo lo ubicaban en ese lugar
tedioso y difícil de esquivar de “hombre de oficina”, por lo que sus horarios
rutinarios y poco flexibles hacían de la espontaneidad una excepción.
Apoyó
la mochila azul costumbre en la mesa de la cocina, casi como un reflejo. Como
cuando uno se lava los dientes, atento al pronóstico del tiempo que emiten por
la radio: de manera automática, pero prestándole atención a otra cosa. No se
sacó la campera. La pequeña sensación de incomodidad que le empezó a subir por
el pecho le molestaba aún más que el abrigo. Caminó hacia la habitación con la
velocidad de quien no quiere llegar a un lugar donde sabe que nadie lo espera.
–¿Ceci? –insistió, con un tono entre firme y enojado.
Como si llamarme por mi nombre cambiara en algo la situación.
Con
el desconcierto propio de quien se encuentra en un espacio conocido, pero con
algo –alguien, en este caso– que falta, caminó en varias direcciones sin
saber qué hacer. Decidió que lo mejor era contactarme por teléfono.
Evidentemente, la ansiedad no le permitió tolerar la demora de una respuesta
por mensaje. Me llamó. La inmediatez con la que apareció la automática y
desafectada voz del contestador lo inquietó un poco más. Intentó dos o tres
veces más. Nada. O peor, ya que su preocupación fue en aumento. Cuantos más
intentos infructuosos por contactarme, mayor frecuencia cardíaca.
De
pronto, le dieron ganas de llorar. Aunque la falta de testigos burlones lo
dejaba en esa soledad cómplice para hacer casi cualquier cosa, se contuvo. Miró
por la ventana, imaginando que algunos de los ruidos que escuchaba podrían dar
cuenta de mi llegada. Nada.
Decidió,
aunque sin que la acción fuese premeditada ni fundamentada, esperar. Se puso a
hacer un mate, como un intento por restablecer cierta cotidianeidad. Como si al
cebar el primero –con media cucharadita de azúcar, como
a mí me gusta– yo fuese a aparecer, por arte de magia. La
intranquilidad que sintió en ese momento se tradujo en una mayor brusquedad en
el manejo de la pava, dando como resultado un chorro de agua caliente –casi hirviendo– que volcó en su mano izquierda. Como un
reflejo urgente, abrió ambas manos. El estruendo que hizo la pava al caer al
suelo pareció despertarlo de un sueño. Sin detenerse a enmendar el pequeño caos
que ocasionó el accidente, entre restos de yerba, mate y agua casi hirviendo,
todo desparramado en no menos de dos metros a la redonda, salió de la casa.
La
noche fresca y sin nubes no logró despejar ni aclarar sus ideas. Sabía que la
situación no era grave, entendía que era desmedido contactar a mi familia,
consultar a amigos en común, incluso con alguna excusa. Como un catálogo de
posibilidades, empezó a visualizar distintas hipótesis que pudiesen explicar mi
ausencia. Ninguna lo convenció. Tranquilizarse no era una posibilidad.
Los
primeros meses de convivencia se dividían entre escenas de mucha ternura y
momentos de cierta tensión. Desayunos en la cama y algunos muebles cambiados de
lugar daban cuenta de lo primero. Discusiones silenciosas por el control remoto
y desencuentros al momento de elegir qué hacer para comer, de lo segundo. A
medida que fueron pasando las semanas, tales divisiones fueron dando lugar a
charlas más amenas, de acuerdos y negociaciones.
A
medida que pasaron las horas, la desesperación de Tomás fue en aumento. Del mismo modo, creció de manera
proporcional su necesidad de ayuda: se contactó con mis amigos y mis padres, en
ese orden. Con disimulo, aunque evidenciando una notable preocupación, se fue
encontrando con respuestas que sólo tenían en común el desconocimiento de mi
paradero.
Pasaron
los días y la necesidad de ayuda dio paso a la desesperación. La cual fue
infructuosamente saciada contactando a diversos vecinos del barrio, luego a la
policía y finalmente, a algunos medios de comunicación del barrio. Nadie sabía
nada de mí.
Mientras
tanto, yo seguía en el mismo lugar. Las personas no se pierden, como tampoco
los objetos. Quien busca tiene la sensación de que aquello que no encuentra
está perdido. Pero yo sabía muy bien dónde me encontraba.
No
nos volvimos a ver.

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