Mostrando entradas con la etiqueta ficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ficción. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Ocaso de un cerdo capitalista | Intertextualidad



Sube un escalón. Sube otro. Sube uno más. Sostiene un bidón repleto de nafta con la mano derecha. Descubre un cuadro pequeño con el rostro de su madre colgado, algo torcido, sobre la pared desteñida de humedad. El semblante de la imagen muestra una mujer joven, fresca, sonriente. Piensa en la palabra perdón. Camina por el pasillo de alfombra bordó, hacia su habitación. La luz anaranjada e intensa de atardecer veraniego se refleja en algunos trofeos de golf pequeños, amontonados sobre los estantes. Riega sus recuerdos más lejanos: además de los reconocimientos bronceados, varios libros de arquitectura y dos o tres fotos en donde se destaca su ceño fruncido. Empapa la cama deshecha, los estantes de madera, la alfombra bordó. Sale.
Atraviesa el pasillo en dirección opuesta. Saltea el baño. Se detiene antes de entrar a la otra habitación. Piensa en los dos a los que albergó en ese cuarto. Siente los dientes apretados, el puño izquierdo cerrado, el derecho aferrado al bidón. Respira. Se decide y avanza. Cruza el marco de la puerta abierta. Aprieta la tecla de la luz pero el espacio se mantiene en penumbras. Con los ojos entrecerrados descubre más fotos. Adivina rostros sonrientes, despreocupados, como si nada malo les fuese a pasar. Recuerda la tarde en que les abrió la puerta de esa misma casa. Recuerda el terror tatuado en cada gesto de sus caras y las palabras exactas con las que su madre agradeció su actitud. Lo que no recuerda es el día en que ambos se fueron, sin siquiera avisarle. Mientras humedece las dos camas con sábanas a rayas, siente envidia por los caminos que ambos construyeron, tan diametralmente opuestos al suyo: familias alegres, trabajo acotado, tiempo para viajes y placeres. Entiende que ambos supieron relacionarse con el riesgo de manera ágil, dinámica, liviana. De su constante preocupación por la seguridad sólo hizo un poco de dinero, cuyo valor ahora resulta nulo.
Sale de la habitación con pasos apurados. Baja las escaleras. Cada dos o tres escalones derrama un poco de líquido. Se detiene antes de llegar a la planta baja. Observa las paredes del living adornadas con títulos, certificaciones y algunas fotos de marcos dorados en donde se ve a sí mismo alegre, hipócrita, abrazado a distintos vecinos. Piensa en la empresa que fundó, ahora quebrada. Empleados en la calle y deudas que nadie pagará. Recuerda el instante en que el primer vecino le pidió que mejorara la seguridad de su hogar. Luego los encargos fueron por construcciones completas. La presencia constante e invisible del Innombrable obligaba a que todos los vecinos reforzaran sus hogares. Los años pasaron y los cimientos con su sello se levantaron en casi todas las manzanas del pueblo. Hasta que todo se derrumbó.
Ahora, mientras camina hacia la cocina, le resulta insoportable asumir que el monto de temor que infundía aquella presencia monstruosa era directamente proporcional al aumento de sus cuentas bancarias. Hasta el día en que el Innombrable se fue del pueblo, ya sin casas vulnerables para derribar. Le genera náuseas la idea de sentirlo cómplice. Respira. El aroma dulce del combustible lo despierta de ese cúmulo de recuerdos confusos, viscosos.

Es mejor quemarse que apagarse lentamente, se dice. El líquido que derrama con paciencia sobre su cabeza, cae espeso y frío sobre los hombros, hasta humedecer los dedos de los pies descalzos. Inhala urgencia,  exhala despedida, adiós. Sonríe por última vez cuando ve la carta que él mismo escribió hace pocos minutos, apoyada sobre la mesada de madera. La chispa del fósforo entre los dedos será lo último que vea. Lo demás, la paradoja de destruirse junto a todo aquello que construyó.

lunes, 7 de marzo de 2016

Ver nada | Retazos del Taller

Textos escritos a partir de diversas consignas, estímulos e ideas, realizados en el marco del Taller de Escritura en Vivo. Febrero de 2016. Escritos parciales, imperfectos, mejorables; ¡pero escritos al fin!

Pablo Ruocco

Cuando abrió los ojos, no veía nada. Pero nada. Y no es que se hubiese quedado ciego como ocurre en esas novelas televisivas de dudoso gusto. No. Técnicamente veía. O sea, no tenía lesionado el nervio óptico ni había tenido un desprendimiento de retina. No. Eso estaba bien. Igual no veía nada. Hablando con propiedad: veía nada.

Enrique abrió los ojos y de inmediato supo que estaba en un lugar desconocido, al menos para él. Un aroma singular, distinto, putrefacto invadió de inmediato todo su rostro. Tan intenso era el olor, que sintió que podía desmayarlo si respiraba muy profundo. Era como tener la cabeza en el fondo de un contenedor de basura. Sentía que sus pulmones se resentían con cada inhalación que realizaba. Pero no era un contenedor de basura el lugar que lo alojaba. Enrique sentía estar en un lugar pequeño. Algo de la densidad con la que sentía el aire a su alrededor le daba esa idea.
Intentó levantarse –estaba acostado- pero no pudo. Algo muy duro, liso y firme interrumpió el envión que había iniciado, con el esfuerzo de sus abdominales. El golpe en seco lo devolvió a su posición de origen. Casi por reflejo empezó  a tantear con ambas manos –ahora sí con algo más de cuidado- la superficie donde reposaba. Era áspera, aunque no tan firme como el caño o lo que fuese con lo que golpeó su cabeza. Parecía un cobertor de cama viejo, muy viejo. Arrastraba los dedos y las palmas de ambas manos, de manera lenta y atenta, como si fuesen gusanos. Intuía que algo de ese aroma tan desagradable podía provenir de ese cobertor algo desgarbado sobre el cual estaba acostado. Sus dedos como gusanos, siguieron explorando la superficie con cautela. No encontraron nada que le pudiese dar alguna señal sobre el lugar dónde se encontraba. Entonces, despegó las manos –ahora como mariposas - del cobertor y las dirigió hacia arriba de su cabeza, aún recostada. De inmediato se encontró con una especie de estante amurado sobre la pared que se ubicaba a unos diez centímetros sobre su frente. Adivinó las ménsulas frías y sus correspondientes tornillos; parecían estar bien amurados. Con extremo cuidado, tanteó la superficie del estante. Con la yema de sus dedos, fue recorriendo los contornos de algunos objetos que supuso conocidos: una medalla, un portarretratos, una lapicera.  
Por un momento, decidió que era imposible ver nada. Esforzó su vista lo más que pudo e intentó recorrer el espacio, con un leve movimiento desde el cuello, tratando de encontrar algún mínimo destello de luz. Nada. Todo lo que veía era igual de negro.
Sintió un frío profundo en sus pies, como una alarma que le alertaba sobre algo que todavía no llegaba a comprender. Descubrió que hasta ese momento no había intentado pedir ayuda, manifestando de alguna forma la necesidad de que alguien lo auxilie. Lo que sucedió a continuación exaltó por completo a Enrique: por más que forzó al máximo sus cuerdas vocales, no pudo emitir sonido alguno. Recordó el estante y aquellos objetos, lejanos aunque reconocibles. El portarretratos de cerámica con bordes redondos, había conservado por años una foto con sus padres; la medalla helada y circular, reconocimiento escolar a su buen desempeño; la Parker a pluma, compañera fiel de los ensayos sobre literatura que supo escribir.
Intentó volver a alguno de esos objetos, con la intención de volver a algún otro tiempo. Sus manos permanecieron inmóviles, como mariposas ancianas. Tampoco pudo volver a levantarse. Su cuerpo completo ahora yacía en una eterna quietud. El frío que había abrazado sus pies, ahora lo envolvía por completo.


Pensar la muerte como un estar apacible quizás sea sólo un consuelo ante algo que, tarde o temprano, a todos nos llega. Lo que desconocemos es cómo será ese estar para cada uno. 

viernes, 29 de enero de 2016

El chico de la luz | Relato

Pablo Minini



—¿Cuándo es martes?, pregunta. Y resulta que no es tan obvia la respuesta. No vale decirle
—Después del lunes y antes del miércoles
Y tampoco vale
—En una semana
Porque
—¿Cuándo es una semana?, después de mirarme con desconfianza.
Además, ¿por qué iba a confiar él? Si en ocho años de vida resulta que soy el primero que le viene a hablar de días martes, de semanas y esas cosas. En sí, del tiempo, que hasta el día de ayer no existía para él.
Y entonces viene a la unidad sanitaria todos los días, se asoma por la ventana y pregunta
—¿Hoy?
—No. Hoy es miércoles.
—Bueno.
Y se va calle arriba, a su casa que antes fue casilla y que se armó junto a una calle que antes fue entubado y antes de eso aún un río contaminado.
Hoy es un río, igual de sucio por las curtiembres. Pero ahora corre por tubos debajo del asfalto. Río contaminado, que se huele pero no se ve.
Y ahí va él entonces, a su casa, sin saber del río, aunque las manchas en su cara vienen de eso que corre bajo la calle.
—¿Hoy?
—No. Hoy es jueves.
En la salita se ríen de su insistencia. Porque es de él, que viene solo, sin que lo mande ningún adulto. Y porque lo desconocen, tan preocupado por algo que no sea cascotear los vidrios de la fábrica abandonada o perseguir a los perros con una rama finita pero sádica.
Bien mirado, él es uno más. En el sufrimiento, es parte del barrio. Tanto como los que quedaron con miedo desde el último viento que les voló los techos de chapa, como los que se angustian de tanto no trabajar como los que se quedaron del otro lado cuando la escuela cerró las puertas.
Cosa curiosa, el martes no pregunta si es el día. Viene y sonríe. Sabe que sí, que hoy sí.
Y ahora ya está. Ya hay tiempo. Ya hay pasado y presente y futuro.
Y me pregunto si en realidad será bueno el juguete metafísico que el chico acaba de encontrar. Porque con el tiempo viene el ansia, la espera y la nostalgia.
Pero eso es mío.
Él, sin tiempo que perder, ya encontró los dados y espera que me sume al juego.
Tiempo, azar y números. Ya no existen para él sólo la pobreza, el entubado y las chapas. Ahora también existe la posibilidad de que todo eso no esté, levanta la mirada que no es la de los ojos y mira que otros lugares también puede haber, que los ríos que se sienten y no se ven pueden faltar y que los tornados no tienen por qué llevarse los techos.
Y otros vienen. Y juegan en el patio de la salita o en la calle, porque él los convoca. Hasta les enseña a jugar con dados un juego que él inventó, donde no se suman puntos, sino que se restan.
Hasta que un mal día caen los postes y con ellos la electricidad del barrio. O malos días, mejor dicho, porque la oscuridad dura una semana.
La empresa devuelve el suministro por sectores y despacito, no vaya a ser cosa que nos olvidemos que este es un barrio pobrísimo. Y a la casa del chico le toca la luz antes que a la unidad sanitaria.
Llegado el martes, su martes, se encuentra con la sala a oscuras.
—¿No tienen la luz?
Escucho a través de la ventana.
—No.
Responde la enfermera que toma mate en la entrada.
—¿Quieren luz? Yo en mi casa tengo. Ahora les traigo.
Pasa un rato y escucho que la enfermera dice con sorna
—¿Y la luz?
Y él
—Mi mamá no me dejó traerla.



Ese día juega, pero está triste y se le nota. Y yo no puedo dejar de preguntarme qué es lo que hubiera pasado si la mamá lo hubiera dejado traer la luz.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Compañías | Cuento

            Pablo Ruocco


            Sin la luz del día, todo lo que se esconde es más difícil de encontrar. La demora en descubrir lo evidente: la puerta entreabierta del baño contiguo al garaje, un frasco de veneno para hormigas vacío. Al lado, la muestra contundente de una serie de malentendidos fatales.


El sol se deja caer, lentamente, hacia un atardecer urgente de lo que fue un sábado en familia. Emilia sigue rebotando su pelota de tenis contra la pared, con la misma conformidad que la acompaña desde hace más de tres horas. Es lo más cercano a la diversión que encontró. La claridad de sus rulos contrasta con las facciones que enredan su cara. El juego se va complicando a medida que lanza la pelota más alto. Tira la pelota - ya no resalta el amarillo fluorescente que la caracterizaba - ahora de un gris suciedad. La pelota rebota también contra la pared, al igual que todo lo que la rodea, sucia de abandono. Se permite un solo pique en el suelo de cemento árido del garage. El juego se complica a medida que Emilia lanza con mayor fuerza y altura la pelota. En cada golpe, descarga bronca acumulada. Hasta que llega el momento en que se ve superada por su propio desafío, su propia bronca, y no alcanza a dar con el único objeto que le sirve de compañía: su pelota gris de tenis sucia. La va a buscar. Nunca recorre más de tres o cuatro metros. Las dimensiones del garage no lo permiten. Empieza todo otra vez: primero más bajo, luego cada vez más alto... Ve personas a su alrededor, pero sus ocho años cumplidos el mes pasado le dicen que no le son útiles como compañeras de juego. Su edad es la ideal para que se pueda dar el gusto de crear personajes imaginarios; compañeros de todo momento que, aunque no logran verla reír, se conforman con hacerle compañía. No es la pared gastada y sucia la que devuelve cada uno de sus lanzamientos. Eso ven los adultos. Emilia siempre estuvo jugando con Camila, su amiga que desde hace poco más de un año, desde aquella tarde de domingo en la que se le apareció en su absoluta soledad, no la abandonó nunca más.
De repente, alguien se cruza entre las dos amigas:
—¿¡No ves que estamos jugando!? -grita Emilia, encolerizada, con la misma bronca con que devuelve cada lanzamiento de Camila.
—Perdón —es lo único que recibe como respuesta.
 

Dos longevos y graves pinos hacen las veces de arco. A unos quince metros Fede apoya la pelota contra el pasto y toma carrera. En el arco no hay nadie. Patea. El disparo se desvía un metro por fuera de lo planeado. Con la paciencia de alguien que tarde o temprano intuye, o al menos desea, lograr lo que quiere, va en busca de su pelota y la coloca exactamente a tres metros a la izquierda de donde había pateado antes. Su cuerpo está acomodándose, de forma torpe y despareja, al inicio de la adolescencia. Faltan justo veinticuatro días para las pruebas de las inferiores de Lanús, el club de su barrio. Él se tiene fe, pero sabe que tiene que practicar mucho para llegar en óptimas condiciones. La frustración y el desaliento, luego de cada disparo errado, son sus únicos aliados. Un último tiro –así se lo prometió él en caso de no ser gol– se estrella en el pino más alto, el derecho. En ese mismo instante las lágrimas empiezan a brotar de sus ojos con la impotencia de alguien que sabe que no debe llorar. Su sueño parece cada día más lejos de la realidad. Deberá conformarse con participar de los torneos inter-barriales de siempre, si es que sus amigos lo invitan.
Fede quiere practicar en el puesto de arquero, rol que más disfruta y mejor le resulta. Pero no tiene a quien pedirle que le patee. Entonces, se conforma con arrojar la pelota al cielo, lo más alto que puede, e intentar embolsarla. Este es el premio consuelo que encuentra. Mientras, sigue llorando.
—Dejá de mariconear, ya estás grande para esas pavadas —le grita su padre al verlo, desde su reposera de un celeste claro y confortable como ninguna de las otras tres.
Fede se muerde los labios para no insultar a ese ogro que tiene como padre. Los labios le empiezan a sangran, a la vez que un nuevo flujo de lágrimas completan la excusa perfecta para que salga corriendo al baño, en busca del consuelo que no encontró en otro lado.
—Este pendejo está cada vez más maricón, qué querés que te diga.
—Bueno, Raúl, dejalo. Son cosas de chicos, ya se le va a pasar.
— ¿Qué cosas de chicos? ¿Vos viste cómo la Emi está divirtiéndose sola, sin hacer ningún escándalo? No me vengas con eso, eh. ¿O acaso yo de borrego lloraba en mi casa cuando no tenía con quien jugar?
—No sé, me imagino que no, Raúl, no creo. Pero por otras cosas sí te pondrías mal.
¿Pero de qué otras cosas me estás hablando? ¡Por favor! No ves que el pibe mariconea porque no puede embocar la pelotita entre esos dos pinos de mierda. Habrá salido a vos. Siempre fuiste medio durita para los deportes, ¿no?
— ¿Vos qué sabés si es por eso que está mal? ¿Por qué en vez de insultarlo no vas a ver qué es lo que le pasa? Estoy segura de que no es solo por eso que está así.
La impaciencia con la que sus once años le exigen mantener una imagen de chico maduro se refleja en Fede. Su paso acelerado, producto de la humillación sufrida unos segundos antes, le impide ver a su hermana jugando en el garage. La apacible tranquilidad con la que la ve divertirse, siempre tan sola como él, lo enfurece aún más, y como respuesta ataca a quien, en ese momento, ve como su antítesis. Con una certeza paradójica, embiste de una patada cargada de furia la pelotita de tenis de su hermana de tal forma que el pedido de disculpas que segundos después sale tímidamente de su boca parece más una ironía que un arrepentimiento por una acción que no sintió del todo suya.


El sol resulta ser el único testigo, desde la proximidad que le permite el mediodía, de la mesa redonda y familiar.
— ¿Cómo que no compraste carbón, Marcela? Ahora, ¿me querés decir con qué prendo el fuego?
—Ya te dije que me olvidé, ya está, perdoname. No puedo hacer aparecer, como por arte de magia, dos bolsas de carbón delante de vos. ¿No lo podés prender con papel y ramas secas?
—No, si no es con carbón a mí no me gusta el asado, y lo sabés.
—Bueno, no te hagas tanto problema, comemos el fiambre que traje para la merienda. Hacemos unos ricos sanguchitos y listo. Nadie se va a quedar sin comer.
Luego del almuerzo consuelo, desde algún lugar de esa quinta de San Vicente alquilada por todo el año, pero solo frecuentada algunos fines de semana, se escuchan las quejas de Raúl:
—Parecería que me lo hacés a propósito, sabés que detesto comer fiambre y ¿cuál es el almuerzo? ¡Fiambre! Y todo por no haber comprado el carbón. Seguro que si se lo encargaba a Fede, hasta él se hubiera acordado.
— ¡Pará! ¿Qué hice yo ahora que también la ligo? Aparte está bueno comer estos sanguchitos especiales de mamá: ni huevo les falta.
—Mejor callate vos y, en vez de comer tanto, empezá a practicar que en menos de un mes ya tenés las pruebas en el club.
—Bueno, está bien, me como esta mitad que dejó Emilia y voy.
—Dejá de presionar al nene, Raúl. Ya te dije que no es bueno que le insistas tanto con esas benditas pruebas.
—Vos dejame a mí, yo sé cómo sacarlo bueno al pibe. ¿No es cierto, tigre?
—Sí, sí. Ya me calzo los botines y voy para la canchita, pá. ¿Venís?
—No, andá solo que me parece que este fiambre berreta que trajo tu madre me cayó mal. Me voy a tirar un rato en la reposera, andá que yo te miro.
 

El sol empieza a tomar el envión de la mañana del sábado. Todo hace creer que los Rivieri pasarán este fin de semana en la quinta que, desde hace algunos meses, alquilan en un barrio lleno de tanto verde y tranquilidad, a cuarenta y cinco minutos de su casa. Raúl ya compró mollejas y una tira de asado; suficiente para su familia. Nada mejor que un buen pedazo de carne a la parrilla para disfrutar de un día como este.
Las personas actúan con tanta ligereza porque desconocen las catástrofes que pueden surgir de un simple descuido:
—Emi, mi vida, ¿dónde dejaste el carbón que te mandé a comprar?
—No, mami, yo no tenía que ir, que vaya Fede.
—¿Por qué yo? ¡Ya bastante que compré el veneno para hormigas que me encargó papá!
—Pero Emi, te dije que...
—Bueno, familia, vamos partiendo que se hace tarde —argumenta irrevocablemente Raul.
—Ahí vamos, querido, lo que pasa es que, en el apuro, Emi...
—Dejala a la nena, pobrecita, y dejá vos de hacer problema por todo. Salgamos de una buena vez para la quinta; no hay nada que no se pueda solucionar.
         Casi nada. De la soledad y sus trágicas consecuencias, un niño no vuelve.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Sujetos perdidos | Cuento

Pablo Ruocco

Como lo hacía cada vez que llegaba al portón de rejas verdes que hacía de entrada, Tomás miró para ambos lados de la calle antes de sacar la llave. Desde la última vez que le habían robado el celular, había quedado particularmente sensible a miradas y presencias desconocidas.
Caminó por el pasillo con ese ritmo ágil de quien quiere entrar a su casa, quitarse las vestiduras del cotidiano y disfrutar del encuentro con su compañera de vida. Conmigo.
Como casi todos los días, antes de abrir la puerta que da a la cocina, lo recibió Mick, tan blanco y tan sucio. Sus patitas suaves, aunque firmes, daban cuenta de que no comía hacía por lo menos un par de horas.
Tomás entró y recibió de un solo respiro el entramado de aromas que hacen a la identidad de su casa, mezcla de calidez y madera.
Hola, amor dijo sin un destino preciso, mientras cerraba la puerta, dándole doble vuelta a la llave.
Hacía casi dos años que me había ido a vivir a su casa. Aunque para el sentido común y el de algunos familiares fuese “demasiado pronto”, basándose en matemáticas y calendarios que poco tienen que ver con el amor, los siete meses que hacía que nos conocíamos no nos resultaron prematuros al momento de tomar la decisión. Yo vivía con una amiga, pasaba más tiempo en su casa que en la mía. Aunque ya no le correspondían, ni al espacio ni a la persona con quien vivía, esos modos de nombrarlas.
Hola, amor repitió con algo menos de precisión.
Sus palabras ciegas de recepción parecían acomodarse, entre tarros y paquetes, en los estantes de la cocina. Esperó algunos segundos, solo para no caer en la trampa de ese silencio urgente. No sea cosa que después lo tildara de ansioso.
Amor, ¿estás?y la pregunta dio paso a lo no esperado.
Es que eran más que excepcionales las veces que él llegaba tan tarde y no me encontraba en casa. Su agenda y dinámica de trabajo lo ubicaban en ese lugar tedioso y difícil de esquivar de “hombre de oficina”, por lo que sus horarios rutinarios y poco flexibles hacían de la espontaneidad una excepción.
Apoyó la mochila azul costumbre en la mesa de la cocina, casi como un reflejo. Como cuando uno se lava los dientes, atento al pronóstico del tiempo que emiten por la radio: de manera automática, pero prestándole atención a otra cosa. No se sacó la campera. La pequeña sensación de incomodidad que le empezó a subir por el pecho le molestaba aún más que el abrigo. Caminó hacia la habitación con la velocidad de quien no quiere llegar a un lugar donde sabe que nadie lo espera.
¿Ceci? insistió, con un tono entre firme y enojado. Como si llamarme por mi nombre cambiara en algo la situación.
Con el desconcierto propio de quien se encuentra en un espacio conocido, pero con algo alguien, en este caso que falta, caminó en varias direcciones sin saber qué hacer. Decidió que lo mejor era contactarme por teléfono. Evidentemente, la ansiedad no le permitió tolerar la demora de una respuesta por mensaje. Me llamó. La inmediatez con la que apareció la automática y desafectada voz del contestador lo inquietó un poco más. Intentó dos o tres veces más. Nada. O peor, ya que su preocupación fue en aumento. Cuantos más intentos infructuosos por contactarme, mayor frecuencia cardíaca.
De pronto, le dieron ganas de llorar. Aunque la falta de testigos burlones lo dejaba en esa soledad cómplice para hacer casi cualquier cosa, se contuvo. Miró por la ventana, imaginando que algunos de los ruidos que escuchaba podrían dar cuenta de mi llegada. Nada.
Decidió, aunque sin que la acción fuese premeditada ni fundamentada, esperar. Se puso a hacer un mate, como un intento por restablecer cierta cotidianeidad. Como si al cebar el primero con media cucharadita de azúcar, como a mí me gusta  yo fuese a aparecer, por arte de magia. La intranquilidad que sintió en ese momento se tradujo en una mayor brusquedad en el manejo de la pava, dando como resultado un chorro de agua caliente casi hirviendo que volcó en su mano izquierda. Como un reflejo urgente, abrió ambas manos. El estruendo que hizo la pava al caer al suelo pareció despertarlo de un sueño. Sin detenerse a enmendar el pequeño caos que ocasionó el accidente, entre restos de yerba, mate y agua casi hirviendo, todo desparramado en no menos de dos metros a la redonda, salió de la casa.
La noche fresca y sin nubes no logró despejar ni aclarar sus ideas. Sabía que la situación no era grave, entendía que era desmedido contactar a mi familia, consultar a amigos en común, incluso con alguna excusa. Como un catálogo de posibilidades, empezó a visualizar distintas hipótesis que pudiesen explicar mi ausencia. Ninguna lo convenció. Tranquilizarse no era una posibilidad.
Los primeros meses de convivencia se dividían entre escenas de mucha ternura y momentos de cierta tensión. Desayunos en la cama y algunos muebles cambiados de lugar daban cuenta de lo primero. Discusiones silenciosas por el control remoto y desencuentros al momento de elegir qué hacer para comer, de lo segundo. A medida que fueron pasando las semanas, tales divisiones fueron dando lugar a charlas más amenas, de acuerdos y negociaciones.
A medida que pasaron las horas, la desesperación de Tomás fue en aumento. Del mismo modo, creció de manera proporcional su necesidad de ayuda: se contactó con mis amigos y mis padres, en ese orden. Con disimulo, aunque evidenciando una notable preocupación, se fue encontrando con respuestas que sólo tenían en común el desconocimiento de mi paradero.
Pasaron los días y la necesidad de ayuda dio paso a la desesperación. La cual fue infructuosamente saciada contactando a diversos vecinos del barrio, luego a la policía y finalmente, a algunos medios de comunicación del barrio. Nadie sabía nada de mí.
Mientras tanto, yo seguía en el mismo lugar. Las personas no se pierden, como tampoco los objetos. Quien busca tiene la sensación de que aquello que no encuentra está perdido. Pero yo sabía muy bien dónde me encontraba.

No nos volvimos a ver.