martes, 3 de noviembre de 2015

Eduardo “Tato” Pavlovsky | Crónica de una Jornada Multiplicada

Pablo Ruocco



Eduardo “Tato” Pavlovsky falleció el pasado 4 de octubre. Sin duda, nos dejó una variada multiplicidad de versiones de sí mismo, varios “Tatos”: el médico apasionado, el actor comprometido, el psicoanalista transgresor, el psicodramatista creativo e innovador, el intelectual sensible.
Desde mi lugar de discípulo, aprendiz, continuador de su obra, me permito compartir una Crónica que escribí a propósito de una Clase Institucional de Nuevo Espacio Psicodrama Grupal Pavlovsky, la Escuela de Formación en Psicodrama que él dirigía, junto a su hija Carolina – ahora, directora de la misma – y de la cual formo parte del equipo docente desde el año 2009.

Aclaración: elegí compartir estas vivencias, sin intervenirlas desde mis afectaciones actuales. Sería como volver a mirar una foto algo antigua, imperfecta, sin la necesidad de retoques estéticos.

Sábado 24 de Noviembre de 2012, 11 hs.
Ciudad de Buenos Aires

Ansiedad. Eso se respiraba sobre la vereda de la calle Corrientes al 3600, más exactamente en la puerta del Centro CAEPS. Sonrisas, miradas cómplices, encuentros entre estudiantes, docentes, amigos/as, colegas… Diversas imágenes se iban sucediendo en esa espera, como si no fuese necesario hacer soliloquio alguno. Muy probablemente, el “sentir” hubiese sido compartido por todos: “¡ansiedad por ver a Tato!”.
De repente, y sin saber bien por dónde, llegó el tan ansiado protagonista de nuestra Jornada Institucional.  Y aunque insistamos con lo grupal, debemos ser sinceros y decir que, en el mejor de los casos, éramos cientos de yoes auxiliares, para un protagonista: Eduardo “Tato” Pavlovsky, uno de los pioneros en el desarrollo del Psicodrama en Argentina, co-creador, junto con Hernán Kesselman, de la Multiplicación Dramática –aunque algunos minutos después confesaría que no sabe, ni siquiera importa quién de los dos fue el creador de dicho dispositivo.
De forma lenta aunque constante, mientras iba subiendo las escaleras que conducían al salón donde se realizaría la Jornada, quienes estábamos afuera, lo fuimos siguiendo, cual feligreses del Psicodrama.
Una vez ubicado en su rol de orador –el cual, pocos minutos después devino en coordinador- un silencio colmado de respeto y afecto invadió el espacio, para dar lugar a un sinfín de definiciones, pensamientos, anécdotas y recuerdos.
“No nos conocemos, así que propongo que ustedes pregunten y yo voy respondiendo”, propuso para romper el hielo, con una voz que no necesitó micrófono ni amplificación alguna para hacerse oír. “Pero pregunten desde la inocencia…”, aclaró inmediatamente. Como si quisiera correrse de su lugar de maestro, mentor, para ocupar, simplemente, el lugar de alguien que puede hablar desde su –amplio, múltiple, rizomático- recorrido trazado a lo largo de su vida. Y hablaron varios Tatos: el niño nadador, el adolescente enamorado, el joven médico, el analizado, el coordinador de grupos, el apasionado por el teatro, el pregonero de la creatividad… Y habló de todo: de lo que pensaba sobre los pecados, de la creatividad,  de la cura, de su visión de la política nacional, del futuro del Psicodrama…
Hasta que en un momento, dejó de hablar: “¿por qué no hacen algunas multiplicaciones dramáticas?, pero algunas, no más de diez…”, sugirió con una aparente inocencia. Inmediatamente, se fueron sucediendo diversas multiplicaciones, que devinieron en nuevas intervenciones de su parte, que de forma rizomática fueron afectando de las formas más diversas y singulares, a todos los presentes: cuerpos movilizados, sonidos que decían sin decir, emociones de las más variadas, se fueron desplegando desde la más genuina multiplicidad. Y en ese mismo devenir, casi imperceptiblemente, el Tato-coordinador, fue perdiendo rostridad, cediéndole el protagonismo al grupo todo.
 “Ya está”, sentenció en un momento. “Ahora me voy, sin nada que explicar, esto es así, no hay nada que entender…”. Y se fue. Haciendo cuerpo eso que el mismo definió como “tolerar el caos”.  
Y ese primer olor a ansiedad, mutó en un cálido gusto a satisfacción, sabrosa e incómoda felicidad: una confusa,  aunque reconocible sensación de que, por unas horas, todos los presentes –y algunos ausentes, sin duda- formamos parte de un hecho único: un encuentro del Psicodrama Grupal de la Multiplicidad.


 “Ya está”, sentenció en un momento. “Ahora me voy, sin nada que explicar, esto es así, no hay nada que entender…”. Y se fue. Haciendo cuerpo eso que el mismo definió como “tolerar el caos”. 
Y sus palabras de aquella Jornada de hace tres años cobran nuevos sentidos. A quienes tuvimos el placer de conocerlo, será momento de tomar su legado y continuarlo, darlo a conocer, expandirlo. A quienes no hayan tenido la oportunidad de tomar contacto con su amplia y heterogénea obra, quedan todos invitados a conocer a un gran hombre.


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