Pablo Ruocco
Eduardo “Tato” Pavlovsky falleció
el pasado 4 de octubre. Sin duda, nos dejó una variada multiplicidad de
versiones de sí mismo, varios “Tatos”: el médico apasionado, el actor comprometido,
el psicoanalista transgresor, el psicodramatista creativo e innovador, el
intelectual sensible.
Desde mi lugar de discípulo,
aprendiz, continuador de su obra, me permito compartir una Crónica que escribí
a propósito de una Clase Institucional de
Nuevo Espacio Psicodrama Grupal Pavlovsky, la Escuela de Formación en
Psicodrama que él dirigía, junto a su hija Carolina – ahora, directora de la
misma – y de la cual formo parte del equipo docente desde el año 2009.
Aclaración: elegí compartir estas vivencias, sin intervenirlas desde
mis afectaciones actuales. Sería como volver a mirar una foto algo antigua,
imperfecta, sin la necesidad de retoques estéticos.
Sábado 24 de Noviembre de 2012, 11 hs.
Ciudad de Buenos Aires
Ansiedad. Eso se respiraba sobre
la vereda de la calle Corrientes al 3600, más exactamente en la puerta del
Centro CAEPS. Sonrisas, miradas cómplices, encuentros entre estudiantes,
docentes, amigos/as, colegas… Diversas imágenes se iban sucediendo en esa
espera, como si no fuese necesario hacer soliloquio alguno. Muy probablemente,
el “sentir” hubiese sido compartido por todos: “¡ansiedad por ver a Tato!”.
De repente, y sin saber bien por
dónde, llegó el tan ansiado protagonista de nuestra Jornada Institucional. Y aunque insistamos con lo grupal, debemos
ser sinceros y decir que, en el mejor de los casos, éramos cientos de yoes
auxiliares, para un protagonista: Eduardo “Tato” Pavlovsky, uno de los pioneros
en el desarrollo del Psicodrama en Argentina, co-creador, junto con Hernán
Kesselman, de la Multiplicación Dramática –aunque algunos minutos después
confesaría que no sabe, ni siquiera importa quién de los dos fue el creador de
dicho dispositivo.
De forma lenta aunque constante,
mientras iba subiendo las escaleras que conducían al salón donde se realizaría
la Jornada, quienes estábamos afuera, lo fuimos siguiendo, cual feligreses del
Psicodrama.
Una vez ubicado en su rol de
orador –el cual, pocos minutos después devino en coordinador- un silencio colmado
de respeto y afecto invadió el espacio, para dar lugar a un sinfín de
definiciones, pensamientos, anécdotas y recuerdos.
“No nos conocemos, así que propongo que ustedes pregunten y yo voy
respondiendo”, propuso para romper el hielo, con una voz que no necesitó
micrófono ni amplificación alguna para hacerse oír. “Pero pregunten desde la inocencia…”, aclaró inmediatamente. Como
si quisiera correrse de su lugar de maestro, mentor, para ocupar, simplemente,
el lugar de alguien que puede hablar desde su –amplio, múltiple, rizomático-
recorrido trazado a lo largo de su vida. Y hablaron varios Tatos: el niño
nadador, el adolescente enamorado, el joven médico, el analizado, el
coordinador de grupos, el apasionado por el teatro, el pregonero de la
creatividad… Y habló de todo: de lo que pensaba sobre los pecados, de la
creatividad, de la cura, de su visión de
la política nacional, del futuro del Psicodrama…
Hasta que en un momento, dejó de
hablar: “¿por qué no hacen algunas
multiplicaciones dramáticas?, pero algunas, no más de diez…”, sugirió con
una aparente inocencia. Inmediatamente, se fueron sucediendo diversas
multiplicaciones, que devinieron en nuevas intervenciones de su parte, que de
forma rizomática fueron afectando de las formas más diversas y singulares, a
todos los presentes: cuerpos movilizados, sonidos que decían sin decir, emociones
de las más variadas, se fueron desplegando desde la más genuina multiplicidad. Y
en ese mismo devenir, casi imperceptiblemente, el Tato-coordinador, fue
perdiendo rostridad, cediéndole el protagonismo al grupo todo.
“Ya
está”, sentenció en un momento.
“Ahora me voy, sin nada que explicar, esto es así, no hay nada que entender…”.
Y se fue. Haciendo cuerpo eso que el mismo definió como “tolerar el caos”.
Y ese primer olor a ansiedad,
mutó en un cálido gusto a satisfacción, sabrosa e incómoda felicidad: una
confusa, aunque reconocible sensación de
que, por unas horas, todos los presentes –y algunos ausentes, sin duda-
formamos parte de un hecho único: un encuentro del Psicodrama Grupal de la Multiplicidad.
“Ya está”, sentenció en un
momento. “Ahora me voy, sin nada que
explicar, esto es así, no hay nada que entender…”. Y se fue. Haciendo
cuerpo eso que el mismo definió como “tolerar el caos”.
Y sus palabras de aquella Jornada
de hace tres años cobran nuevos sentidos. A quienes tuvimos el placer de
conocerlo, será momento de tomar su legado y continuarlo, darlo a conocer,
expandirlo. A quienes no hayan tenido la oportunidad de tomar contacto con su
amplia y heterogénea obra, quedan todos invitados a conocer a un gran hombre.

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