Pablo Minini
—¿Cuándo es martes?, pregunta. Y resulta que no es tan obvia
la respuesta. No vale decirle
—Después del lunes y antes del miércoles
Y tampoco vale
—En una semana
Porque
—¿Cuándo es una semana?, después de mirarme con
desconfianza.
Además, ¿por qué iba a confiar él? Si en ocho años de vida
resulta que soy el primero que le viene a hablar de días martes, de semanas y
esas cosas. En sí, del tiempo, que hasta el día de ayer no existía para él.
Y entonces viene a la unidad sanitaria todos los días, se
asoma por la ventana y pregunta
—¿Hoy?
—No. Hoy es miércoles.
—Bueno.
Y se va calle arriba, a su casa que antes fue casilla y que
se armó junto a una calle que antes fue entubado y antes de eso aún un río
contaminado.
Hoy es un río, igual de sucio por las curtiembres. Pero
ahora corre por tubos debajo del asfalto. Río contaminado, que se huele pero no
se ve.
Y ahí va él entonces, a su casa, sin saber del río, aunque
las manchas en su cara vienen de eso que corre bajo la calle.
—¿Hoy?
—No. Hoy es jueves.
En la salita se ríen de su insistencia. Porque es de él, que
viene solo, sin que lo mande ningún adulto. Y porque lo desconocen, tan
preocupado por algo que no sea cascotear los vidrios de la fábrica abandonada o
perseguir a los perros con una rama finita pero sádica.
Bien mirado, él es uno más. En el sufrimiento, es parte del
barrio. Tanto como los que quedaron con miedo desde el último viento que les
voló los techos de chapa, como los que se angustian de tanto no trabajar como
los que se quedaron del otro lado cuando la escuela cerró las puertas.
Cosa curiosa, el martes no pregunta si es el día. Viene y
sonríe. Sabe que sí, que hoy sí.
Y ahora ya está. Ya hay tiempo. Ya hay pasado y presente y
futuro.
Y me pregunto si en realidad será bueno el juguete
metafísico que el chico acaba de encontrar. Porque con el tiempo viene el
ansia, la espera y la nostalgia.
Pero eso es mío.
Él, sin tiempo que perder, ya encontró los dados y espera
que me sume al juego.
Tiempo, azar y números. Ya no existen para él sólo la
pobreza, el entubado y las chapas. Ahora también existe la posibilidad de que
todo eso no esté, levanta la mirada que no es la de los ojos y mira que otros
lugares también puede haber, que los ríos que se sienten y no se ven pueden
faltar y que los tornados no tienen por qué llevarse los techos.
Y otros vienen. Y juegan en el patio de la salita o en la
calle, porque él los convoca. Hasta les enseña a jugar con dados un juego que
él inventó, donde no se suman puntos, sino que se restan.
Hasta que un mal día caen los postes y con ellos la
electricidad del barrio. O malos días, mejor dicho, porque la oscuridad dura
una semana.
La empresa devuelve el suministro por sectores y despacito,
no vaya a ser cosa que nos olvidemos que este es un barrio pobrísimo. Y a la
casa del chico le toca la luz antes que a la unidad sanitaria.
Llegado el martes, su martes, se encuentra con la sala a
oscuras.
—¿No tienen la luz?
Escucho a través de la ventana.
—No.
Responde la enfermera que toma mate en la entrada.
—¿Quieren luz? Yo en mi casa tengo. Ahora les traigo.
Pasa un rato y escucho que la enfermera dice con sorna
—¿Y la luz?
Y él
—Mi mamá no me dejó traerla.
Ese día juega, pero está triste y se le nota. Y yo no puedo
dejar de preguntarme qué es lo que hubiera pasado si la mamá lo hubiera dejado
traer la luz.

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