Gustavo Kendelman
gkendelman@gmail.com
En el cuaderno donde comencé a escribir
este breve artículo, quedan varios párrafos, en suspenso hasta nuevo aviso, en
los cuales intento dar cuenta de un modo más “teórico” (no encuentro otro
término en este momento) sobre el tema del título. Si esos párrafos llegaran a
convertirse en otro artículo, tendrán que ver con cuestiones tales como qué tipo de movilizaciones puede llegar a
producir la música, los factores regresivos en juego (junto con la enorme
capacidad de la música para que ellos surjan), las interferencias o direccionamientos
(tomando la distinción que realiza Marcelo Percia respecto de dirigir y direccionar) que podrían producirse a través del uso de este
recurso, los posibles para qué del
uso de la música, etc.
Pero ahora tengo ganas de compartir un modo
de trabajar con música que particularmente me gusta mucho. Dejo en claro que es
probable que haya tantos modos de utilizarla, junto con lo musical, como coordinadores y grupos existan.
La modalidad que referiré no requiere de la
utilización de ningún CD ni equipo de música (en general me oriento a la prácticamente nula utilización
de objetos concretos y reales; esto
no se debe a que tenga algún tipo de objeción ante la posibilidad de su uso, es
simplemente un rasgo personal…). En fin,
les decía entonces que lo que me gusta proponer es que cada unx evoque una
melodía. Una evocación, en un primer
momento silenciosa, un repiqueteo
íntimo con otrxs… En general solicito que se le dé lugar a la primera que
aparezca, sin ningún prejuicio ni valoración estética. El pedido de esta
consigna es generalmente luego de un caldeamiento más o menos inespecífico,
estando todxs en movimiento. Sostengo que la posibilidad de evocar ya sea una
melodía, un color, un recuerdo, un afecto, etc., tiene mayores (y hasta diría mejores) condiciones de surgir en
el contexto de una caminata (o del movimiento que sea posible) que estando
sentados en el piso o acostados (Evans y Smolovich, en su artículo “La
formación en psicodrama psicoanalítico grupal” han trabajado de modo muy bello
las implicancias de la propuesta del simple “¿Caminamos?”).
A esa evocación silenciosa pido que
lentamente vayan dándole más volumen, más cuerpo, mayor intensidad. Todos
juntos, a la vez. Suelo pedir que a esa melodía, en un volumen intermedio
(puede haber momentos previos realmente caóticos) le agreguen algún/os movimiento/s
corporal/es, movimientos evocados en conexión con la melodía o canción que cada
quien ha traído. Nótese que no propongo bailar.
Creo que si la consigna fuese bailar, el universo de movimientos posibles quedaría sensiblemente limitado. La
posibilidad de afectación y de creación podría verse disminuida, dejando por
fuera posibles movimientos anómalos con una potencial capacidad subjetivante
(dejo para otro momento la cuestión de
pensar qué nos va pasando con el bailar, así como con el dibujar: lxs niñxs
bailan antes de caminar, un baile propio, caótico a veces, pero rebosante de
alegría. Lo mismo con el dibujar, ¿qué niñx no pasa por el dibujo previamente a
la adquisición de la lectoescritura? ¿Dónde queda esa necesidad casi imperiosa de
que el mundo pase por esos trazos, ya sean en papel, ya sean corporales…?). Por
todo esto es que no propongo bailar sino movernos.
Hasta aquí, entonces, una consigna. Desde
las líneas que piensotrabajo (psicodrama de la multiplicidad), lo que se va
produciendo en el grupo a partir de la consigna que les cuento puede tener
diversos devenires. Evocación de escenas, evocación imaginaria de otrx/s que
podría/n acoplarse a mis movimientos, profundizar la línea de lo corporal habilitado
por el trabajo previo, en fin, lo que me gusta llamar la cadena asociativa dramática. Se podría también pasar a un momento
de sharing verbal… En los grupos de
formación, estas consignas me parecen muy interesantes para transmitir de modo
vivencial las múltiples vías de evocación de escenas, recuerdos, afectos, etc. La
mencionada cadena asociativa… Porque
como dice Fabián Casas: “Nuestra vida está hecha de imágenes que se incrustan
en la memoria precisamente porque remiten a tantos significados que no podemos
darle un solo sentido y guardarlas en el cajón para siempre. Estas imágenes no
nos dejan tranquilos. Y es probable que
ninguna imagen, ninguna canción sea tan importante si no le agregamos nuestra
huella vital (“Abbey Road”, en Ensayos
Bonsai, subrayado propio)”.

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