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lunes, 28 de marzo de 2016

El Psicodrama y "lo mágico" | Ensayo


Pablo Ruocco

A lo largo de los siguientes párrafos, intentaré reflexionar sobre una relación un tanto ambigua – al menos para quien escribe – entre el Psicodrama y “lo mágico”. Mi objetivo no será construir certezas ni cerrar sentidos sino, muy por el contrario, generar algunos interrogantes que inviten a las más diversas resonancias al respecto.
El año pasado, coordinando uno de los encuentros correspondientes a la Formación en Psicodrama de la institución a la cual soy parte - Psicodrama Grupal Pavlovsky - una estudiante hizo referencia, luego de dramatizar una escena propia, a que “el Psicodrama es mágico”. En seguida recordé haber escuchado en diversas situaciones - otros encuentros, Jornadas y Congresos - menciones similares en referencia a “lo mágico” del Psicodrama. Siempre me resultó al menos enigmática esa adjetivación. De inmediato, me surgió la siguiente pregunta: ¿El Psicodrama es mágico?
Según el diccionario de la Real Wikipedia Española – verdadero cúmulo grupal de significantes – el concepto o la idea de “lo mágico” se puede desambiguar en magia o ilusionismo. Por un lado, la palabra magia proviene del latín magīa, derivado a su vez del griego mageia, que significa ‘cualidad de sobrenatural’, probablemente del antiguo persa maguš, que contiene la raíz magh-, ‘ser capaz’, ‘tener poder’, haciendo referencia a la antigua casta sacerdotal persa y a su vez del sánscrito maga, ‘ilusión’, de la raíz may, ‘obrar’, ‘mover’. Refiere al arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales. Por el otro lado, el ilusionismo es un arte escénico, subjetivo, narrativo y espectáculo de habilidad e ingenio, que consiste en producir artificialmente efectos en apariencia maravillosos e inexplicables mientras se desconoce la causa que los produce.
Habiendo buceado en las etimologías y diferenciaciones de estos conceptos, vuelvo sobre el Psicodrama. Entiendo que cuando se hace referencia a “lo mágico” en Psicodrama, se lo hace en tanto una manera de darle sentido, explicación o forma a sensaciones, despliegues, afectos y/o efectos que puedan surgir en una dramatización y, a los ojos de la lógica, resulten inexplicables. Entonces, “es mágico”. Como no se puede asociar, comprender o encajar en patrones lógico-racionales conocidos, es mágico.
Desde mi singular modo de entender y ser afectado por el Psicodrama, nada más lejano que asociarlo a la magia. Mientras escribo, pienso que quizás sería más conveniente asociarlo al ilusionismo.  En tanto que una parte de su definición se refiere a elementos pasibles de ser asociados con el Psicodrama: arte escénico, subjetivo, narrativo... Si continuamos con la definición anteriormente citada, nos encontramos ante cierta contrariedad: espectáculo de habilidad e ingenio, que consiste en producir artificialmente efectos en apariencia maravillosos e inexplicables mientras se desconoce la causa que los produce. Si bien podría resultar homologable hasta cierto punto la necesidad de “habilidad e ingenio” tanto para el rol de ilusionista como para el director en Psicodrama, resulta menos análoga la referencia a la “artificialidad” de los efectos. Es bien sabido que si bien en Psicodrama trabajamos en el “como sí”, dicho encuadre no impide que las resonancias, sensaciones y catarsis –por nombrar sólo algunos de los efectos – tengan algo de artificio. Más bien todo lo contrario. Por último, y en relación a las causas, creo que aquí es donde radica la raíz de la pregunta con la que titulé este escrito. Tanto el mago como el ilusionista producen sus efectos, a expensas de que su público desconozca el proceder de sus medios para lograr su objetivo. Es cierto que el rol ilusionista se asocia más a la utilización de una serie de técnicas y recursos para su desempeño. Similar es el caso de quien trabaja con Psicodrama. De todas maneras, no es nuestro objetivo – o más bien, no debería serlo – el de esconder nuestras causas ni mucho menos quedar cristalizados en roles habilidosos ni ingeniosos. No, nada de eso.
Desde el Psicodrama de la Multiplicidad, desarrollado por uno de los pioneros del Psicodrama en Latinoamérica, Eduardo “Tato” Pavlovsky, consideramos al director de escenas como alguien que debe pasar lo más inadvertido posible. No ser más protagonista que el protagonista. No recibir aplausos ni alabanzas por su creatividad e inteligencia. El Director debe correrse de la luz, evitar ser el foco de atención, para delegar esa posibilidad a la producción grupal. Des-rostrizarse. Dirigir sin ser directivo. Acompañar al protagonista en su despliegue sin direccionar el desarrollo de su escena. Habilitar y posibilitar las resonancias y producción grupal, en tanto potencia.
Ni magos ni ilusionistas. El Psicodrama no es magia, tampoco una ilusión. Es una disciplina que viene desarrollándose con mucha vehemencia, que está fundamentada en teorías, conceptos y desarrollos técnicos y que no pretende aplausos ni reconocimientos fascinantes. Tan sólo poder ser un vehículo posible, con la ética de cada encuadre en particular como marco, hacia un bienestar de cada sujeto, con y en relación a otros.


viernes, 18 de marzo de 2016

Notas acerca de un uso posible de la Música en Psicodrama | Ensayo


Gustavo Kendelman
 gkendelman@gmail.com

En el cuaderno donde comencé a escribir este breve artículo, quedan varios párrafos, en suspenso hasta nuevo aviso, en los cuales intento dar cuenta de un modo más “teórico” (no encuentro otro término en este momento) sobre el tema del título. Si esos párrafos llegaran a convertirse en otro artículo, tendrán que ver con cuestiones tales como qué tipo de movilizaciones puede llegar a producir la música, los factores regresivos en juego (junto con la enorme capacidad de la música para que ellos surjan), las interferencias o direccionamientos (tomando la distinción que realiza Marcelo Percia respecto de dirigir y direccionar) que podrían producirse a través del uso de este recurso, los posibles para qué del uso de la música, etc.
Pero ahora tengo ganas de compartir un modo de trabajar con música que particularmente me gusta mucho. Dejo en claro que es probable que haya tantos modos de utilizarla, junto con lo musical, como coordinadores y grupos existan.
La modalidad que referiré no requiere de la utilización de ningún CD ni equipo de música (en general  me oriento a la prácticamente nula utilización de objetos concretos y reales; esto no se debe a que tenga algún tipo de objeción ante la posibilidad de su uso, es simplemente un rasgo personal…). En fin, les decía entonces que lo que me gusta proponer es que cada unx evoque una melodía. Una evocación, en un primer momento silenciosa, un repiqueteo íntimo con otrxs… En general solicito que se le dé lugar a la primera que aparezca, sin ningún prejuicio ni valoración estética. El pedido de esta consigna es generalmente luego de un caldeamiento más o menos inespecífico, estando todxs en movimiento. Sostengo que la posibilidad de evocar ya sea una melodía, un color, un recuerdo, un afecto, etc., tiene mayores (y  hasta diría mejores) condiciones de surgir en el contexto de una caminata (o del movimiento que sea posible) que estando sentados en el piso o acostados (Evans y Smolovich, en su artículo “La formación en psicodrama psicoanalítico grupal” han trabajado de modo muy bello las implicancias de la propuesta del simple “¿Caminamos?”).
A esa evocación silenciosa pido que lentamente vayan dándole más volumen, más cuerpo, mayor intensidad. Todos juntos, a la vez. Suelo pedir que a esa melodía, en un volumen intermedio (puede haber momentos previos realmente caóticos) le agreguen algún/os movimiento/s corporal/es, movimientos evocados en conexión con la melodía o canción que cada quien ha traído. Nótese que no propongo bailar. Creo que si la consigna fuese bailar, el universo de movimientos posibles quedaría sensiblemente limitado. La posibilidad de afectación y de creación podría verse disminuida, dejando por fuera posibles movimientos anómalos con una potencial capacidad subjetivante (dejo para otro momento la cuestión  de pensar qué nos va pasando con el bailar, así como con el dibujar: lxs niñxs bailan antes de caminar, un baile propio, caótico a veces, pero rebosante de alegría. Lo mismo con el dibujar, ¿qué niñx no pasa por el dibujo previamente a la adquisición de la lectoescritura? ¿Dónde queda esa necesidad casi imperiosa de que el mundo pase por esos trazos, ya sean en papel, ya sean corporales…?). Por todo esto es que no propongo bailar sino movernos.

Hasta aquí, entonces, una consigna. Desde las líneas que piensotrabajo (psicodrama de la multiplicidad), lo que se va produciendo en el grupo a partir de la consigna que les cuento puede tener diversos devenires. Evocación de escenas, evocación imaginaria de otrx/s que podría/n acoplarse a mis movimientos, profundizar la línea de lo corporal habilitado por el trabajo previo, en fin, lo que me gusta llamar la cadena asociativa dramática. Se podría también pasar a un momento de sharing verbal… En los grupos de formación, estas consignas me parecen muy interesantes para transmitir de modo vivencial las múltiples vías de evocación de escenas, recuerdos, afectos, etc. La mencionada cadena asociativa… Porque como dice Fabián Casas: “Nuestra vida está hecha de imágenes que se incrustan en la memoria precisamente porque remiten a tantos significados que no podemos darle un solo sentido y guardarlas en el cajón para siempre. Estas imágenes no nos dejan tranquilos. Y es probable que ninguna imagen, ninguna canción sea tan importante si no le agregamos nuestra huella vital (“Abbey Road”, en Ensayos Bonsai, subrayado propio)”.

martes, 7 de julio de 2015

Simples palabras, profundas reflexiones: ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?

                En cada uno de nosotros, desde el amigable vendedor de diarios hasta el más reconocido arquitecto, se esconde un gran pensador. Miles de frases de uso cotidiano contienen, en su esencia, una concepción del mundo, una íntima idea sobre los interminables cuestionamientos del hombre (y la mujer). Comentarios entre vecinas decoradas por ruleros, discusiones que surgen en bares aledaños entre sus despreocupados habitués, descifran la forma en que ell@s -primero, siendo parte de un grupo, más tarde como autónomos individuos- entienden al mundo. Estas sencillas frases esconden profundas reflexiones. Una de ellas me llamó particularmente la atención por la claridad -oculta tras oscuras cavilaciones- con que manifiesta dos maneras distintas de entender las cosas; dos direcciones opuestas hacia las cuales dirigir la mirada; siempre intentando dar respuesta a las innumerables preguntas sin resolver con las que cargamos como parte de la humanidad.
 
"¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?"

            Detengámonos, por un momento, a analizar con la mayor profundidad posible esta -en apariencia- inocente frase, organizada a modo de pregunta. En principio no parecería responder a un planteamiento concreto pero, sumergiéndonos en ella, encontraremos algo más que lo que su fachada nos muestra. 
                  Al cuestionarnos sobre cuál de los dos fue antes, nos preguntamos a la vez, retrocediendo al primer huevo -o gallina, lo mismo da-, sobre la génesis del mundo. Y no exagero. Tan solo repasemos, de manera involutiva, su árbol genealógico: toda gallina nace de un huevo, que a su vez fue puesto por una gallina anterior, concebida por otra gallina (huevo de por medio)... Nada nuevo, pero remontémonos hacia un pasado más distante, sigamos rebobinando la cinta de la evolución ¿con qué nos encontramos? Pensar en aves primitivas o, anterior a ellas, las primeras manifestaciones de vida, ya sin humanos que sirvan de testigos, no parece nada sencillo. Sigue siendo infinita la relación entre huevo y gallina; sin duda están íntimamente relacionados. Siempre que imaginamos algún ser viviente, surge en nosotros, de manera adjunta, la idea de un antecesor sin el cual no tendría forma de existir. Pero volviendo al camino que recorríamos… De seguir con este ejercicio de abstracción, desembocaríamos en la idea que cada uno de nosotros tiene sobre la inauguración de la vida, el comienzo del Universo, el surgimiento de la materia. ¿Y antes qué? ¿No había nada?, nos preguntaremos impacientes. Eso ya no nos importa, o no al menos desde el análisis de esta frase. Tan solo detengámonos en la primer partícula de vida... ¿surgió de un huevo? De ser así, ¿quién lo puso? A esto me refería antes cuando insinuaba dos caminos posibles. Creer el huevo anterior a la gallina, implicaría una concepción más emparentada con la ciencia. Huevo como génesis absoluta, a manera de Big Bang, del cual surgió la vida. Huevo como partícula inicial, la cual contiene en potencia, la materia toda; a partir del cual se fue consolidando la vida. En cambio, referirnos a una gallina como antecesora de todo huevo, nos involucra en un pensamiento más religioso; desentender la posibilidad de un inicio absoluto. Esa gallina estaba antes y punto. ¿Creación divina? ¿Por qué no?; nada menos válido que el punto anterior. De lo único que se puede estar seguro es que ambos se contraponen: o el huevo o la gallina. No existe síntesis posible. Sin intención de abordarla como tema, terminamos cayendo en la eterna dicotomía del hombre: la razón y la fe, como opuestos a partir de los cuales construimos nuestras creencias.
 

            Y todo este arduo recorrido partiendo de una frase tan popular como cotidiana, lo que demuestra lo profundas y complicadas que pueden llegar a ser algunas manifestaciones del hombre tan simples y corrientes en apariencia. Clara evidencia de lo que se esconde -de manera inconciente- tras monótonos comentarios de barrio o interferidas charlas de café.

            Carl G. Jung, médico psiquiatra analítico contemporáneo a S. Freud, utilizó el término "inconsciente colectivo" para dar cuenta del fondo compartido de recuerdos, ideas y formas de pensamiento que posee en común toda la raza humana. Así, los mitos, las leyendas y algunos símbolos serían elementos que emergerían, como manifestaciones colectivas del hombre, desde este inconsciente. Estos conceptos se vuelven más que interesantes, ya que nos permiten pensar la cultura -y dentro de ella, este tipo de frases que nos ocupan en este momento- como una de estas manifestaciones, con un trasfondo compartido y un sentido oculto, el cual debemos revelar.